
El Gobierno no aprende de sus errores. Sin un doliente con poder real, la retoma del Catatumbo, El Plateado y el Cañón del Micay seguirán siendo promesas sin cumplir. Sin liderazgo ni acción coordinada, los territorios seguirán en manos de la ilegalidad.
Por: Luis Alberto Arango
El consejo de ministros televisado y transmitido por canales digitales el pasado 4 de febrero fue una anomalía en la historia de Colombia. Nunca antes se había visto un gabinete expuesto en tiempo real, y el experimento le salió mal a Gustavo Petro. Pero, paradójicamente, le salió bien al país. No porque fuera útil, sino porque dejó en evidencia lo que algunos aún se negaban a ver: que no hay un golpe blando contra el Gobierno, ni que su incapacidad para ejecutar se deba a factores externos. Lo que hay es un liderazgo inexistente o disfuncional, una falta absoluta de método y una sorprendente incapacidad de ejecución.
Más que un consejo de ministros, fue un ejercicio de pleitesía. Ministros y directores administrativos adornaban sus intervenciones con elogios a Petro, como si la prioridad fuera rendirle culto en lugar de concretar ideas y definir tareas claras para ejecutar. No hubo una discusión ordenada ni una agenda estructurada. Tampoco se abordó el motivo por el cual se había convocado la reunión: el análisis de los decretos de emergencia tras la declaratoria del estado de conmoción interior en el Catatumbo y otros municipios de Norte de Santander y Cesar. Esa discusión, simplemente, nunca ocurrió.
Dos momentos me sobrecogieron y me llevan a reclamarle al presidente y a su gobierno un ajuste decidido en el rumbo.
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