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Luis Alberto Arango

Efecto dominó del pesimismo

El domingo 11 de enero en The Economist leí un artículo que me impresionó y que quiero compartir con ustedes. El título obliga a leerlo “el pesimismo es el principal problema económico del mundo”. En síntesis, la revista sostiene que las expectativas sombrías están empezando a pesar más que la evidencia. En otras palabras: el termómetro puede marcar mejoría, pero si la gente cree que la fiebre continúa, actúa como si siguiera enferma… y termina enfermando el sistema.

Es una tesis potente porque es visual: el pesimismo no es solo un estado de ánimo; es una fuerza que se filtra por las rendijas de la economía y se vuelve una restricción real. The Economist cita encuestas donde mayorías, en países ricos, creen que la vida será más difícil para la próxima generación y que “el sistema” favorece a los ricos; en casi todos, además, perciben instituciones ineficaces y derrochadoras. Es el caldo perfecto para que la inversión se congele, para que la política se vuelva suma-cero (asumir que solo se puede mejorar quitándole a otro, no creando más valor) y para que el corto plazo le gane, una vez más, al largo plazo.

Al leerlo no pude evitar compararlo con Colombia. Arrancamos 2026 con un ingrediente que, por su tamaño, altera la química de casi cualquier conversación empresarial: el aumento del salario mínimo de 23%, impuesto por decreto tras fracasar la concertación. No se trata esta vez de discutir el objetivo social —nadie sensato desconoce la urgencia de mejorar ingresos reales—, sino de reconocer el efecto inmediato sobre expectativas, costos y decisiones, sobre todo cuando se percibe que el proceso se resolvió por populismo político y no mediante la construcción de acuerdos.

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