
La semana pasada, una conversación desprevenida me dejó una poderosa e inesperada lección: nos esmeramos en cumplirles a todos los que nos rodean —familia, amigos, trabajo—, pero a veces olvidamos algo esencial: también hay que aprender a cumplirse a uno mismo.
Por: Luis Alberto Arango
Hace pocos días, en una mañana cualquiera de oficina, viví una de esas conversaciones que parecen menores, pero que terminan haciendo transformaciones en el pensamiento. Estaba con un amigo, Alejandro, unos 15 años menor que yo. Nos sentamos a hablar de la vida, del trabajo, del duelo que él atraviesa por la reciente muerte de su madre. Un tema difícil, inevitablemente cargado de silencios, pausas y preguntas que nadie sabe responder del todo.
Mientras hablábamos, no pude evitar decirle que lo veía muy bien físicamente. Se le notaba más ligero y sereno. Me contó entonces que estaba haciendo ejercicio con disciplina, que llevaba un tiempo sosteniendo una rutina juiciosa, acompañada de una alimentación más ordenada. Me dijo que antes se había descuidado un poco, pero que ahora estaba comprometido con cambiar eso.
Le ofrecí las frases de felicitación típicas: “qué bueno, lo felicito”, “me alegra que esté cuidándose”. A lo que Alejandro respondió, con mucha naturalidad, usando una frase que hoy veo como una gran lección para la vida y que al principio no terminé de entender:
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