
Prometió unir a Colombia, hacer la paz y combatir la corrupción. Cuatro años después, el país está más dividido, la corrupción más enquistada y el conflicto más degradado. Gustavo Francisco Petro Urrego desperdició la oportunidad histórica más grande que ha tenido la izquierda colombiana.
Decidí releer y volver a ver el discurso de posesión de Gustavo Petro. Lo hice con calma, como quien regresa a un libro sabiendo ya cómo terminó la historia. Y lo que encontré fue frustrante, no por lo que el discurso decía, sino por la distancia abismal entre lo que prometió y lo que entregó.
Era el 7 de agosto de 2022. La Plaza de Bolívar estaba repleta de esperanza. Por primera vez en la historia de Colombia, un hombre de izquierda, exguerrillero del M-19, tomaba posesión como presidente. Para millones de colombianos —jóvenes, campesinos, comunidades históricamente invisibles— no era solo una elección. Era el fin de una exclusión que se contaba por décadas. Fue un día lleno de simbolismos, comenzando por la exhibición de la espada de Bolívar en la posesión. Un presagio, visto hoy con distancia: su gobierno sería exactamente eso —más espada que arado, más símbolo que realidad, más discursos que transformación—.
Las palabras que Petro pronunció ese día tenían la condición de grandeza: acompañado de la espada habló de paz, de igualdad, de una Colombia sin dos países ni dos sociedades. Y al final, mirando a su pueblo, prometió algo simple y total: "Uniré a Colombia".
Hoy, a pocos meses de que su gobierno termine, lo que queda no es unidad. Lo que queda no es cohesión. Lo que queda es una gran fractura.
Hay una sola misión que define a un presidente: dejar un país mejor que el que encontró. No más rico necesariamente, no perfecto, pero sí con más esperanza, más cohesión, más confianza en sus instituciones. Petro recibió un país con problemas inmensos y reales —desigualdad estructural, violencia endémica, una deuda histórica con el campo—. Nadie dijo que iba a ser fácil. Tuvo cuatro años, presupuestos históricos, un Congreso inicialmente favorable y una legitimidad política sin precedentes para empezar a saldarlos. No lo hizo.
El problema más profundo de Petro fue que nunca dejó de ser opositor. Pasó treinta años denunciando desde afuera, y ese rol le dio identidad, coherencia y poder. Pero gobernar exige exactamente lo contrario: ceder, negociar, administrar la frustración sin convertirla en gasolina. Él nunca hizo esa transición. Cuando una reforma se trababa en el Congreso, en lugar de sentarse a construir mayorías, salía a la plaza pública —o a su cuenta de X, que era su plaza favorita— a hablarle a sus seguidores, a movilizar, a acusar y buscar culpables en público, a victimizarse. Eso es lo que hace un candidato. Un presidente construye en silencio, con determinación, con inteligencia, con sensatez.
“Las palabras que Petro pronunció ese día tenían la condición de grandeza”.
Su cosmología también lo apresó. Petro tiene un mapa mental rígido y cerrado: hay un pueblo puro, y hay una élite mafiosa que lo explota. Y constantemente es abatido por delirios de grandeza novelesca, sobre todo cuando cree ser el último Aureliano Buendía sobre la faz de la Tierra.
Todo cabe en su esquema cosmológico —los empresarios, los medios de comunicación, los jueces, sus exfuncionarios, el Banco de la República, Estados Unidos. Cuando la realidad no encajaba, la distorsionaba para que encajara—. Llegó a calificar como “muñecas de la mafia” a periodistas mujeres, a preguntarse en público cómo un magistrado afrocolombiano —presidente de la Corte Suprema de Justicia— podía pertenecer al Partido Conservador, a lanzar habitualmente acusaciones a cualquier opositor sin pruebas de ningún tipo.
Sus descaches verbales y su intervencionismo en política exterior tensionaron nuestras relaciones diplomáticas, especialmente con Estados Unidos. Llamó nazis a gobernantes extranjeros que no comulgaban con su ideología; generó un severo lío diplomático con Washington por un desafortunado trino publicado en su cuenta de X a las 3:41 de la mañana; y en suelo estadounidense pidió a soldados norteamericanos que no le hicieran caso a su propio presidente.
Sus descaches verbales y su intervencionismo en política exterior tensionaron nuestras relaciones diplomáticas, especialmente con Estados Unidos.
No era demagogia ni política exterior calculada. Era su manera genuina de leer el mundo. Con delirio de grandeza. Ese encierro ideológico y psicológico lo cegó ante evidencias que cualquier gobernante pragmático habría leído y sabido administrar con prudencia.
La Paz Total es el ejemplo más doloroso. Era su promesa central, la joya de su discurso, el sentido declarado de su vida pública. Pero negoció con el ELN como si fuera un actor político con aspiraciones redimibles, con ingenuidad y sin querer aceptar que son una empresa criminal con territorio y economías ilegales que no tienen ningún incentivo real para deponer las armas. Los grupos armados usaron las treguas gubernamentales para expandirse, armarse y consolidar el control territorial. En enero de 2025, el ELN masacró el Catatumbo: más de ochenta muertos en diez días, 52.000 desplazados, el mayor éxodo masivo desde 1997. El hombre que juró que la paz era el sentido de su vida terminó nombrando al primer ministro de Defensa militar desde 1991 y adoptando el discurso de "ofensiva total" que siempre había combatido. Una capitulación moral envuelta en realismo tardío y que tampoco ha resultado efectivo.
Pero si hay algo que condensó a este gobierno en una sola imagen, fue la corrupción. Petro llegó prometiendo romper con “los de siempre”, con el sistema enquistado de privilegios y mafias. Y terminó siendo el primer presidente colombiano con un hijo procesado por lavado de activos y por haber recibido dineros del narcotráfico durante la campaña que lo llevó al poder. El escándalo de la UNGRD reveló la compra de votos parlamentarios con contratos públicos desde el corazón mismo del gobierno. El 83 por ciento de los colombianos cree que la corrupción empeoró durante su mandato —veintitrés puntos más que cuando asumió—. Eso no es mala suerte ni coincidencia. Es el resultado de no tener criterio para rodearse de personas íntegras, ni rigor para exigirles cuentas.
Porque el Gobierno Petro ha sido el mejor exponente de una cacocracia: un gobierno de los menos aptos. En los puestos clave instaló incompetentes, improvisados y en varios casos, cínicos dispuestos a usar el poder en beneficio propio. El caso de la salud es el retrato más fiel de este fracaso. Nombró interventores en las EPS argumentando mal manejo —y en varios casos tenía razón—, pero el remedio resultó peor que la enfermedad. El patrimonio negativo de las entidades intervenidas pasó de 2 billones de pesos en 2022 a 11 billones en 2025, con hasta cuatro interventores distintos por EPS en menos de dos años, algunos sin experiencia en el sector y nombrados por cuotas políticas. El propio Petro terminó admitiendo que algunos llegaron “a hacer business”. Llegó a salvar el sistema de salud y lo dejó en su peor crisis financiera en décadas.
Porque el Gobierno Petro ha sido el mejor exponente de una cacocracia: un gobierno de los menos aptos.
El resultado de la cacocracia es predecible: un gobierno fragmentado, errático, sin norte institucional, donde la ineficiencia y la desarticulación son el modo de operar diario. Un Estado que prometió transformar a Colombia y que en la práctica se transformó a sí mismo en el mejor ejemplo de lo que decía combatir.
Ha tenido 67 ministros en cuatro años, para 19 ministerios. La mayor rotación ministerial de cualquier presidente en nuestra historia republicana. Veinticuatro cambios solo en 2025. Las carteras más inestables: Justicia e Igualdad, con seis titulares cada una; Interior con cinco; y Cultura, Deporte, Hacienda, Transporte, Comercio e Industria, Relaciones Exteriores y TIC, con cuatro cada una.
Es imposible ejecutar una política pública efectiva con esa rotación. Sus consejos de ministros televisados demostraron que Petro prefería el discurso grandioso y las clases magistrales sobre lo divino y lo humano al trabajo silencioso de gabinete. Prefería la denuncia encendida y la agitación a la supervisión aburrida de contratos y proyectos, o a la difícil tarea de evitar los 2.500 bloqueos que se registraron en las carreteras del país durante su gobierno, con pérdidas estimadas en billones de pesos para la economía. Sin equipo, sin gestión, sin continuidad, hasta las mejores ideas e iniciativas se evaporan.
Hubo avances reales, aunque escasos. La formalización de más de un millón y medio de hectáreas de tierra campesina es el logro más sólido y difícilmente reversible del mandato. El desmonte gradual del subsidio a la gasolina, una decisión políticamente valiente que ningún gobierno anterior se atrevió a tomar del todo. Y la reducción del desempleo al mínimo histórico de las últimas dos décadas, que Petro celebró con entusiasmo, aunque más del 70 por ciento del empleo nuevo corresponde a trabajo por cuenta propia —informal y pauperizado— y una parte sustancial del resto es expansión de la burocracia estatal, que por primera vez en la historia superó los tres millones de empleados.
No es casualidad que por primera vez en los registros del país el gasto público —15,9 por ciento del PIB— haya superado a la inversión productiva, que cayó al 15,7 por ciento. Sin inversión no hay crecimiento sostenible. Eso no es exactamente la economía productiva e industrializada que prometió.
Todos estos logros llevan además un mismo asterisco en rojo: fueron financiados con un gasto desbordado, un déficit fiscal que cerró 2024 en 6,8 por ciento del PIB y que amenaza con superar el 7,5 por ciento en 2025, y una deuda pública que ya rebasa el 62 por ciento del PIB, por encima del límite de sostenibilidad fijado por el propio Comité Autónomo de la Regla Fiscal. Y como si fuera poco, en junio de 2025 el Gobierno activó la cláusula de escape para suspender la regla fiscal. Es decir, quitó el freno de mano de las finanzas públicas colombianas por tres años, sin emergencia que lo justificara. Sus logros son prestados, comprados a crédito y sin garantías, que el próximo gobierno tendrá que pagar.
Lo más triste de todo esto no es el fracaso de un político. Es el fracaso de una esperanza. Millones de colombianos que nunca habían tenido representación en el poder depositaron en Petro una esperanza genuina y legítima. Él la recibió, la infló con un discurso grandilocuente, y no tuvo la talla para honrarlo.
Gustavo Petro fue un gran diagnosticador de los males de Colombia y un pésimo médico.
Colombia le dio al primer gobierno de izquierda de su historia la oportunidad más grande que se le puede dar a un presidente: la confianza de un pueblo que creía que esta vez sería distinto. Y la respuesta fue un gobierno que dividió en lugar de unir, que confrontó en lugar de construir, que prometió combatir la corrupción y terminó auspiciándola y envuelto en ella.
Gustavo Petro fue un gran diagnosticador de los males de Colombia y un pésimo médico. Veía con claridad qué estaba roto. Pero confundió el diagnóstico con la solución, y la agitación y la denuncia con el Gobierno.
La frase con que cerró su discurso de posesión fue: “Tenemos una segunda oportunidad bajo los cielos de la Tierra".
La tuvo. Y la desperdició.
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