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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Haciendo fila por un libro

La emoción de una niña esperando que su mamá comprara un libro resume la magia de la lectura. Leer abre la puerta a imaginar, aprender, compartir y dejarles a otros un legado que puede sobrevivir generaciones.

Por: Luis Alberto Arango

El pasado viernes 1° de mayo, cerca de las cuatro de la tarde, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), había miles entrando, comprando, caminando con bolsas, niños de la mano, jóvenes mirando portadas, padres buscando recomendaciones y lectores de todas las edades dejándose tentar por ese objeto antiguo y siempre nuevo que es un libro.

Delante de mí, en la fila que hice para comprar un libro, había una señora comprando uno para su hija. Era grande, delgado, y alcancé a ver que su tapa y su lomo eran rojos. Su portada carmesí estaba acompañada de una ilustración colorida y brillante. Parecía una historia de aventuras. Pero lo que más brillaba no era la portada, ni las ilustraciones, sino los ojos de la niña que estaba pendiente de la compra de su mamá. Seguramente esa noche alguien empezaría a leérselo en voz alta. Su mamá, su papá, una abuela, un hermano. Y uno podía imaginar ese instante íntimo en el que un libro deja de ser un objeto y se convierte en una puerta.

Ese día no se podía casi caminar. Y esa incomodidad, en un país acostumbrado a hablar de crisis, era una magnífica noticia. La FILBo 2026 recibió 563.000 visitantes en 14 días. Tuvo más de 2.300 actividades, 433 autores de 25 países, 566 expositores y 23 pabellones comerciales. India, como país invitado de honor, convocó multitudes. Boyacá, el departamento homenajeado, mostró con su ‘Cosecha de palabras’ la riqueza cultural de esa región. Más de 52.500 estudiantes asistieron a actividades infantiles y juveniles. Hubo inclusión, mapas en braille y lengua de señas.

> “Y esa incomodidad, en un país acostumbrado a hablar de crisis, era una magnífica noticia”

Todo eso importa. Porque una feria del libro no es solamente una feria de libros. Es una feria de conversaciones, de educación, de juegos, de ideas, de autores que presentan su libro, firman ejemplares y convierten un libro en algo todavía más personal. Es también una demostración de que el país tiene hambre de cultura, de conocimiento, de esparcimiento a través de la lectura, de encuentro y de buenas noticias.

Yo quiero mucho la lectura. Pero no me considero un lector voraz. En mi mesa de noche siempre hay cuatro o cinco libros. Sin libros, estaría vacía, no tendría ni objeto ni sentido. No soy de los que lee necesariamente uno de principio a fin sin interrupciones. A veces avanzo en dos en una noche. Algunos días no leo ninguno; otros días leo muchas páginas de uno solo, otras apenas tres o cinco. Me gustan las novelas, las biografías, la historia, la ciencia, la salud, los empresariales y de negocios, los de novela fantástica de aventuras y otros temas más.

Los libros tienen esa virtud: no exigen uniformidad. Cada lector encuentra su camino y este puede cambiar o bifurcarse periódicamente.

Y gracias a la tecnología, hoy los libros también se oyen. Los audiolibros son una gran compañía para quien va al trabajo, vuelve a casa, se monta en un bus o en un taxi o viaja en un avión. Yo he leído u oído varios audiolibros. Los he disfrutado mucho y me rinde la lectura. De hecho, libros que me podrían tomar más de un mes en leer, los termino en un par semanas. Hay narraciones hipnotizantes, con voces muy agradables, que convierten un trayecto en una gran experiencia de lectura escuchada.

Tengo, además, un ritual con mis hijas. Desde pequeñas leemos libros en voz alta. Nos toma semanas, muchas veces meses, terminar uno. Tratamos de leer un capítulo cada vez que logramos sentarnos. Siempre he procurado que sean libros largos, de al menos 300 páginas. Ahora estamos leyendo Corazón de tinta, uno de 600 y llevamos un poco más del 80 por ciento. Ellas crecieron, son adolescentes, tienen muchas actividades y no siempre encontramos el espacio. Pero algo singular y buscado ha ocurrido: ahora ellas también me ayudan a leer en voz alta y, por su parte, tienen su propia afición por los libros.

Creo en el valor de esa práctica, sobre todo en leer en voz alta. Pienso que ayuda a pensar, a concentrarse, a hablar mejor, a contar historias, a trabajar la entonación, las pausas y la atención. Todas esas son habilidades para comunicarse mejor con los demás, en cualquier dimensión de la vida: personal y profesional. También nos permite anticipar juntos lo que vendrá en el siguiente tramo de la historia. Ojalá, cuando sean grandes, hagan lo mismo con sus hijos. Me gustaría que ese ritual fuera un legado capaz de sobrevivir generaciones.

> “Creo en el valor de esa práctica, sobre todo en leer en voz alta”.

No hay que leer por obligación, aunque sí conviene tener disciplina. A un libro malo hay que darle algunas páginas, pero si no conversa con uno, es mejor cerrarlo sin culpa. Lo importante es no cerrar la puerta de la lectura.

Felicitaciones a la FILBo, a Corferias, a Bogotá y a todos los que la hicieron posible. Que más ferias así se multipliquen en Colombia. Que esta semana, cualquiera del año, ojalá todas las del calendario, alguien compre, preste, regale, oiga, empiece o continúe un libro. No importa su género ni su extensión. Porque cuando uno lee un libro, aunque sea unas páginas, ya no vuelve a ser exactamente el mismo.

> “Porque cuando uno lee un libro… ya no vuelve a ser exactamente el mismo”.

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Mi e-mail es: columnaluisarango@gmail.com.

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