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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Las encuestas también se la juegan el domingo

Como todos los colombianos tengo una gran expectativa por saber qué va a pasar con la votación del próximo domingo. Quién será el ganador. Si Cepeda logrará ganar en primera vuelta, o si va a salir casi en empate con Abelardo, o si Paloma va a disputar la segunda vuelta con el candidato de la izquierda. Todas son opciones “viables”, porque todas están planteadas en diferentes encuestas publicadas en medios y redes sociales. A esta hora, muchos colombianos, como yo, estamos sentados con esas encuestas en la mano, para tener un elemento adicional de juicio y decidir, finalmente, por quién vamos a votar el 31 de mayo. Por lo tanto, casi tan importante es saber quién va a ganar la votación, como saber cuáles encuestadoras hicieron bien su trabajo, y cuáles no.

Una famosa afirmación de Alvaro Gómez Hurtado señaló que las encuestas son como las morcillas: “es mejor no saber cómo las hacen”. Obviamente no era una tesis doctoral sobre estadística. Pero detrás de esa afirmación corta y afilada había una intuición certera: las elecciones no siempre se comportan como quisieran quienes intentan explicarlas desde una tabla de Excel, en una fotografía del momento. Todos —y especialmente los encuestadores— sabemos que la política tiene mucho de instinto, de clima emocional, de percepción colectiva, de maquinaria, de impulsos difíciles de capturar con exactitud.

Con los años, la investigación de opinión pública se ha vuelto más sofisticada y exigente: nuevas metodologías, analítica más refinada, modelos predictivos, encuestas digitales, agregadores estadísticos y toda una batería técnica que parece otorgarle a ciertos números un aura de verdad incontestable; eso sí, con una salvedad que escuchamos con frecuencia: “es una fotografía de hoy… no sabemos qué pase mañana”.

Y hay que ser muy claros: no es que las encuestas no sirvan. Claro que sirven. Una democracia seria necesita mediciones, información, datos que ayuden a entender el momento y lo que viene. El problema arranca cuando dejamos de verlas como herramientas útiles con posibles imperefecciones y las tratamos como si fueran una profecía.

En estos días ha circulado en redes un cuadro armado por Victor Muñoz, un serio profesional del medio, que resume varias encuestas publicadas durante el mes mayo. Toma mediciones de Invamer, Guarumo, AtlasIntel y CNC, las mezcla, les aplica promedio, mediana, media recortada, winsorización y termina proyectando rangos de votación con una precisión llamativa. Según ese ejercicio, Iván Cepeda estaría en 38,2 por ciento; Abelardo de la Espriella en 31,6 por ciento; Paloma Valencia en 15,6 por ciento; Sergio Fajardo apenas en 2,9 por ciento. Pero tan interesante como el cuadro mismo es la historia que nos cuenta. Estos números del cuadro sugieren que hay tres jugadores reales. Uno que lidera con claridad. Otro que pelea y que viene creciedo casi hasta igualar al primero, y un tercero que intenta no descolgarse. Y que los demás, para efectos prácticos, ya no cuentan. Eso, naturalmente, tiene consecuencias. Porque las encuestas no siempre se limitan a medir la opinión pública, sino que a veces —pretendiéndolo o no— participan en su construcción.

Y este escenario no configura necesariamente una especie de paranoia electoral o un lamento de candidatos en caída. La ciencia política lleva décadas estudiando el fenómeno. Hay evidencia sobre el llamado bandwagon effect, esa tendencia de algunos votantes a moverse hacia quien aparece encabezando la carrera retratada en las encuestas. No porque necesariamente hayan cambiado de convicciones sobre ciertos candidatos, sino porque hay una lógica humana en querer estar cerca de quien parece tener la opción real. Y en Colombia no hay necesidad de usar la expresión en inglés. Tenemos una versión mucho más directa: el voto útil. Ese momento en que alguien piensa, con pragmatismo puro, que su candidato preferido le gusta, sí, pero no tiene cómo; así que sería mejor apoyar a otro que sí pueda llegar.

En ese momento, la encuesta deja de ser un termómetro y se convierte en un actor político activo y poderoso. Porque si durante días o semanas se instala la idea de que, por ejemplo, un candidato está por debajo del margen de error, o sencillamente fuera de carrera o cayendo, esa cifra empieza a tener vida propia en el pensamiento de la gente. También puede ocurrir que una sensación de triunfo inevitable puede paralizar a los votantes. Si la elección parece decidida, hay electores que concluyen que su decisión sobra, que da lo mismo si vota o no. Eso significa que las encuestas no solo pueden activar votos, sino que también pueden apagarlos. Y el asunto central no es determinar si la encuesta era metodológicamente sólida, sino el efecto que empieza a producir en la configuración de un nuevo pensamiento colectivo.


Las encuestas cumplen una función determinante. La discusión válida y necesaria para la calidad de la democracia es la relación casi supersticiosa que construimos alrededor de ellas. Periodistas, campañas, analistas y ciudadanos terminamos leyéndolas como si fueran una sentencia anticipada más que una aproximación estadística. En el caso de estas elecciones en Colombia, el tema es tan delicado, que las encuestas reemplazaron a los debates.

El domingo, cuando abran las urnas y cuenten los votos, veremos quién acertó y quién no. El escrutinio no debería concentrarse exclusivamente en los candidatos, sino también en quienes durante semanas ayudaron a nutrir la conversación pública con porcentajes, curvas y proyecciones. Los candidatos derrotados pagarán un costo político inmediato y visible. Pero la encuestadora que falla de manera grave también debería asumir un costo reputacional comparable. Y no porque se les pueda exigir que sean perfectas, que no cometan imprecisiones. Eso sería absurdo. Nadie sensato espera precisión matemática en un terreno tan movedizo como una elección. Pero hay una diferencia clara entre equivocarse dentro de márgenes razonables y contribuir a construir una realidad ficticia que influya sobre el comportamiento de millones de personas.

Si una medición ayudó a instalar la idea de que un candidato estaba acabado, de que otro era un proyecto fallido o de que la elección prácticamente ya tenía dueño, y el domingo la realidad muestra otra cosa, no estaremos hablando solamente de una imprecisión técnica, sino de una falla con afectaciones constatables. El domingo no solo conoceremos qué candidatos ganaron o perdieron: también quedará claro quién hizo bien su trabajo midiendo la opinión pública. Todo para tener en cuenta hacia el futuro. 
 

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