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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Después de votar, hay que producir más

Votar define un gobierno; producir define nuestro futuro. Colombia necesita empresas fuertes, inversión, innovación y una estrategia industrial que permita crecer más, competir mejor y generar empleo de calidad.

Por: Luis Alberto Arango

Este domingo 21 de junio, Colombia elige presidente. Más allá de las pasiones naturales de una campaña electoral, me queda la pregunta para los candidatos: ¿cómo vamos a producir más riqueza, aumentar nuestra productividad, generar mejores empleos y construir un país competitivo y con mayores oportunidades?

La herramienta más fuerte para derrotar la pobreza de manera sostenible es el crecimiento económico. Una economía que invierte, innova, emprende, produce bienes y servicios de mayor valor agregado y genera empleo formal, no solo mejora los ingresos y la calidad de vida de sus habitantes, sino que permite financiar políticas públicas y reformas sociales de mayor envergadura.

Revisé con particular interés las propuestas de Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella sobre desarrollo empresarial e industrial. No esperaba encontrar programas de gobierno con todos los detalles de ejecución en esta materia. Y así fue. Sin embargo, el común denominador es que ambos reconocen, desde visiones diferentes, que Colombia necesita transformar su aparato productivo.

El programa de Cepeda habla de un “modelo económico productivo, diversificado y socialmente incluyente”. Plantea fortalecer la banca pública, el crédito productivo, la economía popular, las pequeñas empresas, los territorios, la agroindustria, la bioeconomía y la transición energética. Sin duda son objetivos valiosos y necesarios.

Sin embargo, al leerlo queda la sensación de que falta una apuesta industrial más ambiciosa. Una cosa es apoyar emprendimientos locales y otra construir una verdadera transformación productiva. La economía popular es importante y merece apoyo, pero ningún país ha logrado dar grandes saltos de desarrollo solamente manteniendo pequeñas unidades productivas. El reto precisamente es que esas unidades evolucionen, aumenten productividad y algunas puedan convertirse en empresas medianas y grandes.

En el programa de De la Espriella aparece con más fuerza el mensaje de liberar la iniciativa privada: reducir trámites, revisar excesos regulatorios, simplificar la relación con el Estado y generar mejores condiciones para invertir. Es un enfoque diferente: menos énfasis en dirigir desde el Estado y más confianza en que los empresarios sean protagonistas.

Pero tampoco basta con desregular. Colombia necesita algo más profundo: una verdadera estrategia nacional de desarrollo industrial.

El próximo gobierno, cualquiera que sea, debería apostarle con decisión a unos pocos sectores estratégicos donde podamos competir globalmente. No diez o veinte prioridades que terminan siendo ninguna. Tres o cuatro apuestas estratégicas con foco, recursos, talento e instituciones trabajando alrededor. Apuestas que generen cadenas productivas que permeen otros sectores e irriguen desarrollo y riqueza.

“Colombia necesita algo más profundo: una verdadera estrategia nacional de desarrollo industrial”.

Necesitamos incentivos agresivos, inteligentes y temporales, ligados a inversión y generación de empleo: beneficios tributarios reales para inversión en maquinaria y tecnología, estímulos potentes para formación del talento humano, apoyo a investigación aplicada, conexión universidad-empresa y reglas que reduzcan las barreras y costos no salariales que dificultan la creación de empleo formal, reconociendo las enormes diferencias de productividad y costo de vida entre las distintas ciudades y regiones del país.

También necesitamos revisar, como lo han intentado otros gobiernos, los obstáculos que enfrentan quienes quieren producir: trámites interminables, permisos, tiempos excesivos en entidades nacionales y municipales. Regular bien es indispensable; paralizar al empresario no.

El desarrollo industrial no puede depender exclusivamente del Estado ni exclusivamente del mercado. La historia muestra que los países exitosos combinaron ambos: Estado estratégico y empresarios fuertes. Una combinación de crédito público y privado. Y un marco de acción empresarial en el que hacer empresa sea una aventura estimulante para el desarrollo y no una carrera de obstáculos. 

“Regular bien es indispensable; paralizar al empresario no”.

Se requiere promover la inversión nacional y extranjera. Y sobre esta última hay una alerta. La inversión extranjera ha decrecido en Colombia. Los capitales buscan oportunidades, pero también confianza, estabilidad y reglas claras. Sin mayores niveles de inversión será muy difícil lograr las tasas de crecimiento que Colombia necesita.

Si gana Cepeda, ojalá su gobierno vaya más allá de los conceptos generales y entienda que los empresarios no son adversarios, como muchas veces se ha transmitido desde el Gobierno actual, sino aliados indispensables del progreso. Si gana De la Espriella, ojalá la defensa de la empresa privada venga acompañada de una visión estratégica de transformación productiva de largo plazo.

Pasadas las elecciones, debemos dejar atrás la polarización y reemplazarla por la construcción. Necesitamos crecer mucho más. Necesitamos empresas grandes, medianas y pequeñas generando empleo de calidad. Necesitamos atraer inversión, tecnología y conocimiento.

“Pasadas las elecciones, debemos dejar atrás la polarización y reemplazarla por la construcción”.

El próximo presidente no tendrá simplemente el reto de administrar el país. Tendrá que ayudar a construir el aparato productivo que nos permita no quedarnos rezagados y competir en el mundo.

Detrás de cada empresa que crece hay trabajadores que progresan, familias con mejores ingresos y comunidades con más oportunidades.

Esa sí sería una verdadera revolución.
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