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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Posesión presidencial en guarnición militar: primera gran batalla de la guerra cultural

Abelardo, el presidente electo, insiste en que la ceremonia de su posesión como presidente de Colombia tenga lugar en una guarnición militar, ojalá cerca de lugares azotados por el terrorismo y el narcotráfico. Petro trata de impedírselo. La jefatura de Despacho del Gobierno que termina le respondió al equipo de De la Espriella que su posesión “no puede darse en una base militar”, y que debe realizarse “ante el Congreso en el Capitolio Nacional”. Esto no se trata de pataletas de un lado o del otro; no es el choque de caprichos de dos hombres que están en las antípodas de la política. Es la primera gran confrontación de la Batalla Cultural que empezó en Colombia.

La política moderna dejó de ser una simple discusión de programas, o de concepciones de la economía o de las relaciones internacionales, para convertirse en una guerra de representaciones. La solicitud del equipo del presidente electo, Abelardo de la Espriella, para trasladar la tradicional posesión presidencial del 7 de agosto desde la Plaza de Bolívar hacia un batallón militar, por ejemplo en Popayán, no es una simple anécdota con implicaciones logísticas. Es un hecho político y estético de primer orden, definitivo, fundamental, innegociable. Cambiar el tradicional epicentro del poder por una guarnición militar en una provincia históricamente golpeada por la violencia constituye una declaración de principios contundente: el retorno constatable del orden, atención a los que han sido ignorados y abandonados en los territorios al poder mafioso, una nueva autoridad descentralizada y el respaldo inequívoco a las Fuerzas Armadas.

Este giro estético encaja de forma milimétrica en las tesis de observadores de los fenómenos políticos contemporáneos que sostienen —como el politólogo Agustín Laje— que el poder institucional es frágil si no está respaldado por una hegemonía en el plano simbólico y cultural. El que domine los mitos, los símbolos, el lenguaje y la iconografía de una nación, termina ejerciendo el poder de manera real. Lo que presenciamos en Colombia —con esta primera discusión sobre dónde y cómo debe ser la posesión del próximo presidente— es una contraofensiva estética de la centroderecha que busca disputar y tomar el control del relato que el Gobierno saliente de Gustavo Petro ejerció y propagó con método y rigurosidad.

Para entender todo lo que está en juego con la ceremonia de posesión presidencial, es suficiente recordar algo: para el petrismo, el espacio público ha sido el lienzo sagrado de su narrativa. Por un lado, la constante referencia a “las calles” como el espacio de presión para alcanzar sus objetivos políticos. Por otra parte, un lugar específico: la Plaza de Bolívar, el mismo escenario que sirvió de trinchera a Petro durante sus crisis como alcalde de Bogotá, se convirtió bajo su presidencia en el teatro de operaciones de su mística revolucionaria. Recordemos: el punto álgido ocurrió durante las movilizaciones del 1° de mayo de 2025, cuando el mandatario no solo empuñó la espada del Libertador frente a la multitud, sino que ondeó con vehemencia la histórica y polémica bandera rojinegra de la “guerra a muerte” de 1813. (Poco después le dispararon a Miguel Uribe en la cabeza). Con estos gestos en la plaza pública, sumados a la elevación a patrimonio cultural del sombrero de Carlos Pizarro —comandante del M-19—, la custodia estatal de la sotana de Camilo Torres —el cura guerrillero del ELN— el Gobierno saliente buscó sacralizar la subversión e institucionalizar un evidente fetichismo por los hombres armados al margen de la ley.

Esta disputa simbólica alcanzó dimensiones metafísicas en la reciente jornada electoral de junio de 2026, exponiendo una profunda brecha en la concepción de lo sagrado. Mientras Petro acudió a las urnas vestido rigurosamente de blanco y portando en el pecho una enigmática cruz de madera con forma de T —la Cruz Tau, que él defendió como un símbolo de fe y misticismo franciscano—, Abelardo de la Espriella ha optado por recorrer las grandes referencias e instituciones de la Iglesia católica tradicional.

Este contraste no es una coincidencia. Abelardo busca enraizar su legitimidad en la fuerza del dogma, en la solemnidad eclesiástica, en los espacios sagrados de la religión y el peso histórico que tiene la fe mayoritaria del país. De esta forma, el presidente electo responde de forma directa a la ritualidad alternativa, contradictoria, caótica y sincrética de la izquierda. Este choque de narrativas valida claramente el diagnóstico metapolítico de los análisis de la confrontación estética y cultural: en la arena pública actual, la verdad de los hechos pesa mucho menos que las pasiones morales y los miedos colectivos que los ciudadanos le atribuyen a las imágenes. En ese sentido Abelardo obtuvo, por ejemplo, una gran victoria cuando logró apropiarse de los atributos asociados a un animal portentoso como el tigre y a su saludo militar como expresión de orden y seguridad. Ahí arrancó con fuerza su exitosa campaña a la Presidencia.

Frente a la dispersión folclórica, el misticismo heterodoxo y la apología a la rebeldía armada del Gobierno saliente, el entrante responde llevándose la liturgia institucional de la plaza pública a la guarnición militar. Al dejar vacía la Plaza de Bolívar que Petro llenaba e instrumentalizaba con banderas guerrilleras del M-19 y de guerra a muerte, la Nueva Derecha quiere levantar lejos de allí —de ese espacio marcado por Petro— las banderas de la identidad judeocristiana tradicional y el orden institucional. Entonces veremos la austeridad, el uniforme militar impecable, las marchas castrenses y los altares tradicionales de la fe católica como expresiones de oposición, funcionando como una especie de antídoto estético propuesto por Abelardo a lo que sus simpatizantes —que ganaron las elecciones— coincidieron en señalar como la “anarquía moral”: actores porno como ministros, guerrilleros al frente de la inteligencia del Estado, acusaciones y amenzas entre sus propios funcionarios, ministros procesados y detenidos por corrupción, ceremonias militares manchadas por la indiferencia y el desprecio del presidente a los generales, humillaciones a funcionarios televisadas, exaltación de la violencia guerrillera, familia presidencial desintegrada escandalosamente durante el Gobierno etc.

Abelardo y Petro lo saben muy bien. Por eso el pulso tan fuerte sobre la ceremonia de posesión. En Colombia, el poder no se mide únicamente en votos. Quien tome el control real será Petro si mantiene la capacidad de vestir a la nación con la estética de la insurgencia armada o Abelardo, con el traje del orden institucional.

Petro quiere, a como de lugar, impedir que Abelardo cumpla su deseo. “ …Ordeno que ningún establecimiento militar sirva para una posesión de un presidente de la República de Colombia”, escribió el mandatario saliente en un exaltado mensaje en X. Veremos qué hace el presidente electo, qué decide el Congreso y qué posición toman los militares.

Mientras el Congreso y los abogados discuten la viabilidad de una posesión presidencial en una guarnición militar, una verdadera guerra   —silenciosa pero determinante— se está librando para definir los símbolos nos representarán en los años que están por venir.

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