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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Territorios indígenas y seguridad climática

Datos de sensores remotos muestran cada día los modelos predictivos del desarrollo del Fenómeno del Niño, acompañados de las tremendas imágenes de las olas de calor en Europa y Estados Unidos, en este periodo de verano temprano. Al mismo tiempo, empiezan a evidenciarse los cambios abruptos en la capacidad de evapotranspiración, precipitación y aumento de temperatura superficial en las zonas de deforestación amazónica. En Colombia ya hay imágenes de municipios inundados, en una época y magnitud sin precedentes para zonas como la Orinoquía, dando señales claras de cómo se van a expresar los extremos climáticos en esta pequeña región del planeta. 

La competitividad nacional está directamente asociada con su resiliencia al cambio climático, y eso significa, entre otras cosas, generar energía barata, asequible, limpia en lo posible, de corto plazo, así como mantener acceso al agua potable y de usos agropecuarios e industriales y suelos fértiles, al igual que infraestructura y agricultura “climáticamente inteligente”, así como bosques que mitiguen las olas de calor y lluvia extremas que se presentaran con mayor periodicidad. Pero, principalmente, garantizar el flujo de vapor de agua del oriente continental con el proceso de evapotranspiración y precipitación sobre los bosques amazónicos y las sabanas de la Orinoquia, los maravillosos ríos voladores que succionan las masas forestales e impulsan los vientos alisios. Milagro que debemos proteger. 

El informe nacional ‘Inventario nacional de emisiones y absorciones atmosféricas de Colombia’, elaborado por Ideam y recientemente lanzado, señala que del total de emisiones del país (297.000 toneladas equivalentes de CO2), presenta cifras contundentes sobre el origen de nuestro aporte planetario (0, 4-0,6 que no es siquiera un 1 por ciento), siendo uno de los más bajos del mundo. Los aportes del cambio de uso del suelo (donde se encuentra la deforestación) y agricultura (que incluye las emisiones de metano del ganado), suman entre sí casi la mitad de la cifra total. El sector energético e industrial suma entre sí un poco más de 42 por ciento, dando un panorama completo de nuestro panorama de prioridades; por tanto, el foco de nuestra atención deberá estar en nuestra adaptación al calentamiento, mitigando los eventos climáticos extremos y desarrollando una economía consecuente con esta condición. Todo lo anterior, para decir que contener la deforestación es un imperativo nacional y no una imposición internacional, que cada vez esta más permeada por el negacionismo climático.

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Crédito: Rodrigo Botero.

Por tanto, los motores de deforestación deben ser los objetivos directos de esfuerzos en este país para evitar un impacto aun mayor de los eventos climáticos extremos. Vendrán entonces, discusiones sobre los impactos de la minería, la agricultura intensiva, la infraestructura o la generación de energía, que evidentemente tendrán relación con ese futuro de adaptación climática nacional, así como de desarrollo económico y condición de poblaciones rurales y urbanas. Pero el foco no es sobre el aporte colombiano al escenario mundial de CO2, sino a la capacidad de sus ecosistemas de mantener la resiliencia frente a transformaciones propias de las actividades de origen antrópico en nuestro país, que apenas despunta en sus niveles de crecimiento económico sostenible y equidad. Y en ese orden de ideas, ni todas las actividades podrán ser restringidas totalmente, ni todo el territorio disponible para su transformación. En pocas palabras, ordenamiento y zonificación, donde conservación y desarrollo serán una prueba ácida para quienes plantean soluciones extremas, sea en una tendencia u otra. 

Y aquí entran a tener un rol preponderante las condiciones no solo biofísicas del territorio, sino las expectativas y decisiones de poblaciones locales, sean estas indígenas, negras o campesinas, que con sus distintas formas de manejo de recursos naturales han ido modelando los paisajes en que viven. Se deben equilibrar las expectativas de desarrollo agroindustrial y minero-energético con las de poblaciones rurales, que para el caso colombiano constituyen más del 35 por ciento del territorio en áreas de comunidades étnicas, y un porcentaje menor de reservas campesinas (2,5 por ciento), mientras que, por el otro lado, la agricultura no llega al 5 por ciento del territorio y por el contrario la superficie de pastos para ganadería, y obvio, acaparamiento, corresponde a más del 75 por ciento de la superficie habilitada para usos agropecuarios, según cifras del DANE. Y aquí es donde el concepto de seguridad climática está íntimamente anclado al papel de los territorios étnicos en el mantenimiento de los bosques en Colombia, donde más del 90 por ciento de su superficie está en bosques bien conservados que juegan un papel definitivo, en cualquier proyecto de futuro nacional, y en particular para ciudades y para los motores agropecuarios, mineros y de energía. 

No es sensato, conveniente ni lógico debilitar las formas de gobierno, administración y manejo territorial de quienes han logrado generar formas manejo del bosque y de sus recursos de manera exitosa, y de la cual recibe sus beneficios toda la población colombiana, en forma de agua y energía. La resistencia que han dado a todas la formas de violencia contra sus territorios puede ser abruptamente golpeada, y haber puesto en riesgo no solamente la seguridad climática sino uno de los últimos bastiones de gobernanza territorial que quedan. Bastiones que están en la mira de todas las economías ilegales, nacionales y foráneas, que han visto la enorme vulnerabilidad que se cierne sobre esos territorios de ser abandonados nuevamente por un gobierno que puede olvidar que las naciones se construyen siendo leales a sus gentes. Ojo, entrar a la cancha dándose un tiro al pie no sería inteligente. 

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