
La libertad avanza: para ello construye y tortura en megacárceles privadas, deporta seres humanos, bombardea civiles, asesina niños, mujeres y jóvenes señalándolos como terroristas, declara la propiedad de países, estrechos, islas o tierras públicas y soberanas desconociendo cualquier arreglo multilateral del pasado. Realiza capturas sin orden judicial o genocidios ante la mirada impávida del mundo. Amenaza a migrantes y anuncia deportaciones masivas. Dispara contra ciudadanos de su país sin mediar palabra. Y poco a poco convence a millones de que la democracia es muy lenta y es un gran incordio para la realización personal y el futuro de millones de humanos.
El plan ante una emergencia es invocar un milagro que se reclama todos los días para olvidar el anterior. Los milagros se cocinan en los cerebros de delirantes sin moral ni límites que construyen cuartos fríos para almacenar granjas de dispositivos celulares programados para escupir mentiras que infectan a millones de personas en el mundo que poco a poco van perdiendo la posibilidad de discernir la compleja textura de la verdad, que por supuesto no está por fuera de la historia y sus contingencias. La mentira es su dispositivo de acción, pero como su narrativa es frágil en verosimilitud, se trata de ganar por acumulación a fuerza de acelerar y repetir absurdidades que se convierten en sentidos comunes o leyendas urbanas: el chisme en su estado pornográfico es su posibilidad para instalar un totalitarismo administrado por la multitud, el sentido común no piensa.
Para triunfar en ese mundo de lumpen cleptócratas que no pudieron ganar fortunas blufeando en el póker y cuya principal virtud es pensar siempre que aquello que está deliberadamente mal se puede mostrar como si estuviera bien, la única certeza posible es tener claro que al final del camino vendrá el abismo: y hacia allá pretenden dirigirnos, asumiendo que, de todos modos, nuestro paso por este mundo es breve y poco importa que nos arrastren en su decidida marcha fúnebre que pretende aniquilar a la mayoría de la humanidad.
Su legado más preciado es el de ser falsos pacificadores y unificadores, mientras millones de personas sufren por sus medidas unilaterales, inconsultas, caprichosas y mediocres, que contravienen todas las leyes que consideran patrimonio de acuerdos caducos del pasado. O permitiendo que fuerzas armadas o empresarios de otros países compren y se instalen en territorios nacionales: la soberanía republicana es un desafío a la creación del modelo: un tirano cocinado a fuego lento en los últimos dos siglos de liberalismo que entronizó lo individual, o el individualismo heroico, según el credo de Ayn Rand, su escritora de cabecera “se ha convertido en una parte ineludible de la forma en que se presenta la industria tecnológica”.
Las mujeres que deben o quieren interrumpir su embarazo son apasionadas por asesinar niños en su propio vientre. Y a su vez, son culpables de ser asesinadas y han desestabilizado al mundo con su emancipación. Es decir, asesinas que merecen su asesinato. Los homosexuales, según su hilarante verborrea: “quien quiera estar con un elefante, si tiene el consentimiento del elefante, es problema suyo y del elefante”.
Este tipo de tonterías que se han hecho sentido común son las que puso de presente la reciente captura de Fernando Cerimedo, un argentino representante de esa lumpen cleptocracia que ha producido un sistema que nos ha traído hasta aquí, y que insiste en no tener nada que ver con este ethos: “El advenimiento de una condición civilizatoria inédita que muestra la abolición progresiva de todo cimiento común para dejar lugar a un hormigueo de seres esparcidos que pretenden de aquí en más representar la única fuente normativa de referencia y ocupar de pleno derecho una posición preponderante. Es como si, en dos décadas, el entrecruzamiento entre la supuesta horizontalidad de las redes y el desencadenamiento de las lógicas neoliberales, después de haber cantado loas a la ‘responsabilización’ individual, hubiera llegado a la automatización de los sujetos que es incapaz ya de anudar entre ellos lazos constructivos y duraderos, para hacer prevalecer reivindicaciones prioritariamente plegadas sobre sus propias biografías y condiciones”, escribe el filósofo Éric Sadin, en La era del individuo tirano (Caja Negra).
La ambición individual como la esencia de una gran nación y la proclamación de Estados Unidos como la más ambiciosa de todas es su abrevadero con sede en Miami. Y desde allí, un proyecto teledirigido que esta semana que pasó, terminó con un Cerimedo en la cárcel por presuntamente haber ordenado el asesinato de su pareja, Nadia Beller, en Santa Cruz de la Sierra, que sobrevivió a dos disparos hechos por dos hombres disfrazados de repartidores de comida de plataformas (¡!). Es verdad, pero parece mentira. O una mentira que millones aceptan como verdad: he ahí el truco: “Fue un intento de crimen pasional”—se atrevieron a decir los medios corporativos—. A lo que Beller respondió: “No, fue un crimen de Estado”. Los granjeros digitales publicaron entonces la respuesta: “¿Entonces el Estado te embarazó?”. Y la pusieron a correr mientras el algoritmo crecía propagando la imagen de la mujer baleada acostada en bata en una camilla, perpetuando la idea de que “no estaría recogiendo café” alguien a quien le disparan dos veces en frente de un hotel cinco estrellas. Algo habrá hecho, nos convencen.
Cerimedo estaba en Bolivia asesorando al Gobierno de Rodrigo Paz, presidente impuesto por esta lumpen cleptocracia. Se ufanaba de haber sido definitivo en la elección de presidentes, solo con su teléfono celular, en Chile, Honduras, Brasil o Bolivia. Había mentido sistemáticamente durante toda su vida, según informaron varios medios alternativos como La Red, esta semana. La Fiscalía boliviana allanó sus propiedades y encontró dinero en efectivo, una minigranja privada de bots, o teléfonos celulares que transmitían bellaquerías veinticuatro horas infectando a millones, así como documentos que lo vinculan con negocios con empresas públicas bolivianas. “Intentó venderse como egresado de Harvard y asesor de Obama, y le cayeron en la mentira. Su aparición en un video de YouTube, luego de la victoria de Lula en Brasil, sirvió solamente para incriminarlo. Pero aprendió de todo eso y descubrió que su trayectoria de estafador era su propio brand, su marca de calidad ante otros estafadores que lo contratarían precisamente por su falta de escrúpulos. Así llegó a Milei, a De la Espriella, a Juan Orlando Hernández (o a Nasry Asfura, si prefieren la versión institucional). Esos personajes a los que impresiona con una enorme pantalla de ‘monitoreo en tiempo real’ que en realidad es un video pregrabado muy probablemente hecho con IA”, como lo escribe en este medio Leonardo Toledo Garibaldi.
Pero Fernando Cerimedo solo es una pieza en este engranaje, que ya comienza a ser negado por aquellos que han sido impuestos como ‘dioses’ transitorios de nuestros países: una oveja descarriada que se salió del redil libertario, iliberal, tecnofascista, o cualquiera de los apelativos con los cuales se nombran a estos lumpen cleptócratas que han vivido del engaño durante la última década, auspiciados por agencias de inteligencia de Estados Unidos, como la DEA y la CIA. Detrás de Cerimedo está Brad Parscale, estratega de Donald Trump y quien aprovechó la operación conocida como Cambridge Analytica, en 2012, mediante la cual se aprovecharon millones de datos supuestamente privados de Facebook, para convertirse en flamante diseñador de las redes del cleptócrata emperador. Su socio, el español Javier Negre, otro escamoteador profesional, que presume de estratega y con quien fundó el medio de desinformación La Derecha Diario, en México, es auspiciado por el empresario Ricardo Salinas Pliego, uno de los hombres más ricos del mundo, y uno de los grandes opositores de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Colombia hace parte hoy de esta estrategia de sometimiento por parte de la cleptocracia global que pretende eliminar impuestos como el del patrimonio, para seguir beneficiando a las élites empresariales y difundir informes realizados con Inteligencia Artificial sobre supuestos hechos delictivos o amorales de sus opositores. Es ahí donde quieren situar una supuesta batalla cultural, que no tiene nada qué ver con la cultura, sino con la enajenación. La disputa, entonces, debe reconocer que la mentira no es posible de desarticular con la reactividad ofuscada: hay que contar su historia una y otra vez para que millones despierten y descubran que estamos siendo gobernados por esquilmadores profesionales a quienes ni la patria, ni la familia, ni la religión les importan, pues mañana estarán dispuestos a jurar sobre otro credo, mientras se ven a sí mismos ganando elecciones presidenciales sin moverse de su piscina particular, como declara el principal asesor del figurante colombiano, mientras invocan a Fausto haciendo todos los días pactos con el diablo.
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