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Juan David Correa
Puntos de vista

¿Qué es una escuela hoy?

Un paréntesis en la vida: un tiempo en el cual deberíamos recordar el juego, el tiempo libre y el conocimiento como una misma cosa. Un lugar en el cual el término griego scholḗ nos devolviera la felicidad por la educación, por los maestros que hablan con emoción de sus intereses y oficios; aquellos que no se sienten más sabios sino curiosos por descubrir juntos; aquellas que fueron capaces de producir una emoción en nosotros y que propagaron, sin saberlo, una idea, un texto, una palabra, un camino, un destino y una forma permanente del afecto.     

Scholḗ como aprendizaje, ocio, recreo y amistad: tiempo para pensar y preguntar, para conversar y sentirnos parte de una comunidad. Para hacer amigos, y para tramitar conflictos complejos de clase, racialización, aporofobia, y competencia por el consumo, la riqueza material y la comparación competitiva.

Una escuela que no acumule trastos en el sanalejo del cerebro de nuestra infancia, que sea capaz de hacer bloques largos de tiempo de experiencias y formas del conocimiento situados; que vaya de la teoría a los oficios y a los saberes; que tenga pausas para la lectura en voz alta, la oralidad y la soledad del texto en silencio, para el sueño reparador y la buena alimentación; que piense en nuestra diversidad cultural humana como la llave de una comprensión del mundo donde los niños que mañana sean ministros no les propongan a los ciudadanos del país un negocio en medio de una catástrofe: “aquí les traemos las tejas y los ladrillos, pongan la mano de obra”.     

Una escuela que subvierta la ofensiva de la mercancía como alivio: ¿cuál habrá sido la escuela social, familiar, amplia, de quienes hoy llevan balones y camisetas con el logo de un tigre artificial para paliar las pérdidas humanas y materiales de ciudadanos colombianos que son considerados de segunda en medio de un terremoto que ha dejado ya —hasta ayer miércoles— 312 personas fallecidas, 4.611 heridos, 290 desaparecidas, 26.945 viviendas destruidas: en total, más de 185.000 personas damnificadas? ¿Qué se pregunta quien toma una decisión así? ¿O qué nunca se preguntó?    

Una escuela que hoy discuta que ninguna catástrofe es natural, ni la furia de Dios tiene que ver con lo ocurrido a millones de colombianos que han demostrado tener la fuerza y la generosidad para dar una lección a estos gobernantes graduados en administración y en alta gerencia que se toman un aire en las playas de Santa Marta mientras la emergencia continúa.    

Una escuela que no nos haga cargar maletas pesadas para terminar 11  años después teniendo que decidir qué va a ser de nuestras existencias ante un futuro de desempleo y falta de garantías sociales para miles de millones. Una escuela que supere la dicotomía entre la memoria y la memorización; que comprenda que el arte, la historia, la geografía y la lengua son parte del mundo y que hay horizonte más allá y más acá de las matemáticas, las ciencias y las cifras, sin evitarlas. La memoria se adquiere leyendo, escribiendo, conversando, viendo películas, contrastando fuentes diversas, sumando, experimentando, calculando y pensando pero, sobre todo, escuchando a otros que no conocemos. Una escuela con menos análisis de rendimientos y pruebas censales estandarizadas. Una escuela que se rebele contra el neoliberalismo y no quiera competir con los estándares de un país que quiere someter al mundo a un estado de excepción, conducido por un pedófilo adicto a los casinos bursátiles, armamentísticos y digitales del mundo.    

Hace poco, el filósofo Carlos Fernández Liria hacía una disertación sobre el sentido de una escuela hoy, refiriéndose al libro Un grito por la infancia de Gaza, editado por la antropóloga Marta Venceslao. Entre las ruinas del genocidio, los niños y profesores de Gaza han encontrado un rincón para utilizar un pedazo de hormigón como pupitre, y una pizarra y una tiza para hacer ese paréntesis en medio del horror y seguir aprendiendo: para estar juntos en medio del horror y la devastación.     

En Colombia, 75.297 niños hoy no pueden ir al colegio por la destrucción de 260 centros educativos del país después del terremoto ocurrido la semana pasada. “La Unidad de Gestión del Riesgo de Desastres estima que los centros educativos afectados superan los 2.800, así como 285 centros de salud. La niñez enfrenta también dificultades de acceso a agua, saneamiento, higiene y salud, y afectaciones a su salud mental”, dice Unicef.     

En Gaza han muerto 64.000 niños. Sus hogares, sus escuelas y los hospitales han sido destruidos, y cientos de miles de familias se han quedado desprotegidas y sin acceso a los servicios esenciales. “Más de 56.000 niños y niñas han perdido a uno o a ambos progenitores, mientras que los desplazamientos, la malnutrición y el trauma siguen condicionado todos los aspectos de la vida de la infancia”, continúa Unicef.    

¿Qué es una escuela y por qué es tan urgente esa pregunta hoy en un mundo que cree que podemos aprender a pensar con Inteligencia Artificial o eso que el filósofo estadounidense John Searle llamó “la habitación china”, avant la lettre, por allá en 1980? ¿No es el tiempo de aventurarnos a preguntas que supongan esfuerzo y que nos enseñen desde niños que una vida buena debe ser el único fin para los seres humanos? Que nos hable de desigualdad, que nos invite a cuestionar nuestro lugar en el mundo y nos enseñe a conocer otros, que nos sitúe en el contexto del presente y nos abra el pasado y el futuro para sentir que hacemos parte de un largo proceso civilizatorio compuesto por ideas y conocimientos que han sido sometidos a exclusiones por pertenecer a culturas racializadas o descartadas por el pensamiento hegemónico del norte global.    

La educación no puede ser una causa abstracta. Hay que preguntarse cuál educación; cuál escuela. No podemos seguir creyendo en la superioridad de la escuela institucional, sino aceptar su modesto lugar, al igual que muchos otros en los cuales nos educamos hoy. ¿Seguiremos insistiendo en la escuela del dinero, del ‘emprendedurismo’, del ascenso social, de la ambición y la indiferencia con quienes padecen hoy? ¿La del club privado al cual no llegan las noticias de un mundo que nos quiere ser arrebatado por una casta innoble de hombres capaces de cometer los peores crímenes y la crueldad ante nuestros ojos sin que espabilemos?     

Una escuela que entienda que la sociedad es un espacio pedagógico donde se debe reconstruir la confianza, la tranquilidad, y hacer crecer la esperanza radical, y para enfrentar a un sentido común que es capaz de decir en público y a los cuatro vientos que no todas las vidas son iguales, empezando por la de las mujeres, los migrantes, las personas en condición de pobreza, los indígenas, los afro, y así hasta quedarnos con la escuela de los hombres blancos heteronormativos.    

Eso, una escuela como pregunta urgente en medio de un océano de incertidumbre como aquel del que habló Albert Camus, al recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1957: “Cada generación, sin duda, se siente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo reformará, pero su tarea es quizás aún mayor: impedir que el mundo se autodestruya. Heredera de una historia corrupta, donde se mezclan revoluciones fallidas, tecnología descontrolada, dioses muertos e ideologías desgastadas, donde poderes mediocres pueden destruirlo todo pero ya no saben convencer, donde la inteligencia se ha degradado hasta convertirse en sierva del odio y la opresión, esta generación, partiendo de sus propias negaciones, ha tenido que restablecer, tanto interna como externamente, algo de aquello que constituye la dignidad de la vida y la muerte. En un mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores corren el riesgo de establecer para siempre el reino de la muerte, sabe que debe, en una carrera frenética contra el reloj, restaurar entre las naciones una paz que no sea servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres el Arca de la Alianza. No es seguro que esta generación logre alguna vez esta inmensa tarea, pero ya se está alzando en todo el mundo para afrontar el doble desafío de la verdad y la libertad y, si es necesario, sabe morir por ellas sin odio. Dondequiera que se encuentre, merece ser reconocida y alentada, especialmente cuando se sacrifica”.    

 

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