Yezid Arteta
17 Mayo 2024

Yezid Arteta

San Vicente del Caguán: pobremente rica

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En San Vicente del Caguán llueve a cántaros, como en el diluvial pasaje del Génesis. Las ciénagas, ríos y caños dispersos en el interminable municipio caqueteño amenazan con salirse de madre. “Las quebradas crecen y los niños tienen problemas para llegar a las escuelas”, comenta la directora de una escuela rural, una mujer negra que lleva recogido el cabello con un pañuelo floreado. Son muchos los normalistas afros, provenientes del Andén Pacífico colombiano, que enseñan en las escuelas del Caquetá. La mayoría arribaron hasta los confines de la selva junto con millares de campesinos sin tierra que, armados con una hacha y una escopeta de fisto, colonizaron la Amazonia. Fue a comienzos de los setenta cuando el jaguar mandaba en el reino descrito por José Eustasio Rivera en La Vorágine

El hato ganadero de San Vicente del Caguán supera el millón de cabezas. Ocupa el primer lugar en Colombia. Las ubres de las vacas caguaneras producen miles de litros de leche que las empresas procesadoras pagan barato y los supermercados venden caro. De la cabecera municipal salen diariamente decenas de camiones cargados con toneladas de queso que surten los mercados de las grandes urbes. Un pasaboca que se vende a tres dólares en el aeropuerto El Dorado lleva queso amazónico, cuya libra se paga con una migaja a los productores.  

Entre enero de 1999 y febrero de 2002, San Vicente del Caguán fue sede de los diálogos de paz entre el gobierno presidido por Andrés Pastrana y las extintas Farc-Ep, lideradas por Manuel Marulanda Vélez. El diálogo fracasó. Sonó entonces el cuerno de la guerra. Durante los ocho años que gobernó el expresidente Álvaro Uribe hubo operaciones militares a gran escala en la zona rural del municipio. Las operaciones militares continuaron mientras Juan Manuel Santos ocupó la presidencia. En su segundo mandato Santos firmó la paz con los cachorros de Marulanda Vélez. En las sabanas del Yarí, entre los límites de La Macarena y San Vicente del Caguán, se realizó la X conferencia de las Farc-Ep en la que dijeron —como Hemingway—: “Adiós a las armas”.

En un cuarto de siglo hubo paz y guerra en San Vicente del Caguán. Un período en que la suerte de sus habitantes no ha cambiado. El progreso no llega. Las vías por las que transitan camiones cargados de carne en pie, leche y queso son caminos de mula. No existe una universidad en el segundo municipio del departamento del Caquetá. Los maestros de escuela y los padres de familia deben realizar rifas y festivales para completar la dotación de las escuelas y ofrecerles un vaso de agua’e panela a los niños que deben caminar kilómetros para aprender a leer y escribir. La cabecera municipal carece de alcantarillado, de modo que todas las aguas residuales desembocan en el río Caguán. El hospital de San Rafael y los escasos puestos de salud rurales tienen un déficit de profesionales y carecen de infraestructura y dotación adecuada. Cientos de finqueros no han podido legalizar sus tierras porque las kafkianas leyes colombianas están hechas para amplificar la pobreza.   

Debo recordarles a los operadores políticos colombianos que San Vicente del Caguán pertenece a la República de Colombia. Quienes habitan la periferia del país merecen, en el papel, el mismo trato de quienes disfrutan un dedito de queso en una exclusiva cafetería del norte de Bogotá. La transformación territorial no puede ser una mera bandera retórica como lo ha sido hasta ahora. Siempre habrá, a pesar de los utopistas, una distancia entre el mundo urbano y el rural, pero en el caso colombiano lo que hay es un vergonzoso desprecio hacia los pobres del campo. La tierra, el territorio, es por donde fluyen las culturas campesina, indígena y afro. 

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