BAD BUNNY NO DICE GUAU

Supe que el castellano estaba perdiendo en nuestro patio la batalla con el inglés cuando oí que un mesero de la zona cafetera exclamaba “¡guau!”. Hasta ese momento yo creía que copiar la locución perruna era solo una vergonzosa manía de los barrios ricos de la capital, donde hay más nombres y letreros en inglés que en colombiano. Pero el episodio sugiere que, por cuenta de los medios de comunicación, la parla de Shakespeare ha pasado a ser símbolo de estatus incluso en humildes ámbitos municipales.
El “¡guau!” ya aparece en el DLE (Diccionario de la lengua española). Dice: “Interjección para expresar admiración o entusiasmo”. Es una caricatura fonética del viejo wow que estuvo de moda en Estados Unidos hace algunas generaciones. Aquí, donde “todo nos llega tarde, hasta la muerte” —como dijo Julio Flórez—, el vocablo es un envejecido manjar de ejecutivos, locutores, comentaristas, políticos, gomelos y meseros del Quindío. Salvo los inocentes gozques, temo que quienes lo emplean intentan dárselas de elegantes y modernosos.
Lo más lamentable es que el ladrido desplaza a multitud de exclamaciones que significan algo semejante pero no exhiben el sello de estatus gringo. Son decenas de términos que van desde el upa, el eche y el nojooda hasta el cubano vaya, el españolísimo coño, el venezolano quévaina y un tupido abanico caribe que remata en el edda, tan costeño y tan sabroso.
Hasta hace un tiempo se temía por la suerte del español ante los avances del inglés, especialmente en zonas fronterizas, es decir, aquellas donde nuestro idioma coexiste con rivales potentes. El ejemplo de Filipinas produce escalofrío. Más de tres siglos de español colonial dominante se esfumaron en pocas décadas bajo el imperio de Estados Unidos. Desde entonces, aparte del tagalo, la lengua oficial de la isla es la de Washington, mientras que del castellano solo subsisten unos cientos de palabras y de apellidos.
En contraste aparece el caso de Puerto Rico, Borinquen, “la tierra del Edén”, “La perla de los mares”. Liberada de España en 1897 e invadida un año después por Estados Unidos reúne bajo su bandera a tres millones de habitantes en la isla y seis millones de emigrantes en el continente. Casi todos ellos consideran al español como su lengua materna. Hace un siglo su porvenir lingüístico amenazaba con ser el mismo de Filipinas: la extinción. Una misión educadora enviada por el gobierno militar invasor tan pronto como se apoderó del país llegó a la conclusión de que entre los boricuas “no parece existir devoción por su idioma”, al que calificaron como “un patois incomprensible”. A partir de esta premisa se decretó el inglés como lengua oficial. (Informe de Eaton y Clark, 1899).
Los comisionados se equivocaban gravemente. Señala el prestigioso poeta, ensayista y humorista criollo Salvador Tió (1911-1989), que en ese instante “empezó una lucha recia y una resistencia por mantener nuestra sustancia nacional”. No era contra el inglés “sino por impedir que un idioma reemplazara al otro”. De acuerdo con el historiador caribe Humberto López Morales, “la lengua pasó a formar parte de la política”. Y lo hizo con tal suceso que los descendientes de quienes se suponía que despreciaban su herencia verbal se comunican cada vez más en ella y han dejado una fuerte impronta en la música.
Desde la “frontera lingüística” la comunidad ha producido dos fascinantes fenómenos: su aporte al apogeo de la salsa y un señor de 33 años llamado Benito Antonio Martínez Ocasio y apodado Bad Bunny (Conejito malo) que nació en Vega Baja, pequeño municipio de 94 mil habitantes. Él es el rey de la música urbana (pop), pero, sobre todo, el gran adalid de la lengua española. Justamente, está adelantando una gira mundial de 57 conciertos por 18 países a los que asistirán millones de fanáticos. No se incluyó a Estados Unidos para no regalar presas fáciles a las autoridades migratorias y su cacería desenfrenada de latinos.

Todos los conciertos de Benito se realizan en espanglish y aparecen enmarcados por un entorno de decorados, trajes, sonidos y ecos hispanoamericanos. Para mayor gloria y alegría, la presencia arrasadora de Bad Bunny en grandes espectáculos gringos, como la final de fútbol (Super Bowl), ha desatado la ira de Donald Trump. El presidente criticó que Martínez cantara en una lengua que él, en su tosquedad, no comprende. “Aún queda tiempo para que aprenda”, respondió Benito y de paso denunció los maltratos del gobierno a los inmigrantes.
La paradoja es maravillosa. Un puertorriqueño bilingüe, hijo de camionero y maestra, está inyectando orgullo y sentido de identidad a un idioma cuya desaparición fue mal profetizada en 1899. En cambio, Colombia, famosa por su amor al español, cuna de gramáticos admirables y de grandes escritores, padece ministros incapaces de conjugar el verbo haber en forma impersonal, periodistas que degradan por igual las dos lenguas y comerciantes que engañan con inglés macarrónico para cobrar más caro.
Me consuela imaginar que Benito Antonio Martínez no dice ¡guau!
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BOGOTÁ
Sábado 30 de mayo (8:00 p.m.) - Auditorio Orígenes de la Universidad EAN

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