HACÍA FALTA UN COSTEÑO
14 Agosto 2022

Daniel Samper Pizano

HACÍA FALTA UN COSTEÑO

Perdónenme los cachacos indignados, pero el espectáculo que yo vi hace una semana en la posesión de Gustavo Petro no fue irrespetuoso sino alegre, no fue corroncho sino popular, no fue afrentoso sino refrescante. Y si sumamos la banda papayera en la Casa de Nariño y el fandango contagioso que se bailó la primera dama, caeremos en cuenta de que a este país le estaba haciendo falta un presidente costeño.

Nadie se atreverá a decir que la presencia de miles de ciudadanos —multicolor en atuendos y en epidermis— atentó contra la solemnidad del acto. ¿Solemnidad? En el Capitolio hace rato la vulgaridad sustituyó a la pompa: campean los insultos de taberna, las jugaditas de tahúr, las dignidades otorgadas a políticos indignos, aun los gestos pueriles de mala crianza, como aquella operación nasoexploratoria de rinofracking que cierto presidente del Senado adelantó “a la vista de la muda, a la vista de la absorta caravana” y al ritmo de una canción de Pablus Gallinazo.

Muchos medios informativos avisaron la semana pasada que en dos siglos de independencia nacional solo un par de costeños han ejercido la primera magistratura: Rafael Núñez en cuatro ocasiones y Juan José Nieto durante seis meses. Petro sería el tercero. Mis cálculos muestran que son ocho los colombianos caribes que tomaron asiento en la silla presidencial. Petro sería el noveno. 

Helos aquí en orden cronológico: José Fernández Madrid, cartagenero (octubre de 1814 a enero de 1815); Manuel Rodríguez Torices, cartagenero (cuatro meses de 1815); José María del Castillo y Rada, cartagenero (1821, interino y ad hoc); Juan José Nieto Gil, de Baranoa, Atlántico, único presidente afrocolombiano (siete meses de 1861); Bartolomé Calvo, cartagenero (tres meses de 1861); Manuel Joaquín Riascos, panameño, cuando el istmo pertenecía a Colombia (seis semanas de 1867); Rafael Núñez, cartagenero (1880-1882, 1884-1886, dos meses de 1887; 1892-1894); José María Campo Serrano, samario (1886 y 1887, en remplazo de Núñez).

Habla mal del país que nuestra costa norte, con su colosal riqueza histórica y étnica, solo haya aportado, en mis cuentas, menos de un cuarto de los 41 mandatarios. Cuarenta y dos con Petro. La costa pacífica aparece por vez primera en el poder con Francia Márquez. Bogotá, sobre todo, y Antioquia lideran las estadísticas. Lo peor es que, de todos los presidentes caribes, solo tres o cuatro ocuparon el despacho en propiedad. Los demás eran interinos, o encargados o cumplían su turno en un triunvirato. Desde 1894, cuando murió Núñez, no vemos un costeño en Palacio: 128 años. Como compensación, cabe anotar a dos mandatarios santafereños con un cuarto de sangre costeña en las venas: Alfonso López Michelsen, cuya abuela Rosario Pumarejo era samaria, y Ernesto Samper Pizano, nieto y bisnieto de Gneccos guajiros.

Mientras tanto, la más extraordinaria literatura del siglo XX, varios de los principales pintores, numerosos deportistas campeones, la música que mejor nos representa y la gran mitología internacional de Macondo surgieron en la costa atlántica.

Para calibrar la costeñidad de misiá Verónica Alcocer, esposa de Petro, no es preciso revisar su cédula, según la cual nació en Sincelejo en 1976. Basta con verla bailar. A su marido, en cambio, lo traicionan los años de Zipaquirá cuando una cumbia lo agita. Petro nació en 1960 en Ciénaga de Oro, Córdoba, tierra del lamentado ensayista Jorge García Usta y del compositor Pablo Flórez, pero a los nueve meses emigró a Bogotá con los suyos, incluido su primo Noel, el Burro Mocho. Un prolongado desfile familiar por barrios clásicos, como las Cruces, Santa Fe, Chapinero y los Alcázares, lo habría habilitado para cantar con entusiasmo de rolo Los cucaracheros o acompañar Cachipay con cucharitas de palo. Pero trasladaron a su taita, funcionario público, a Zipaquirá, y por esas cosas del realismo mágico, Gustavo acabó estudiando en el mismo colegio público donde tres décadas antes había sido alumno Gabriel García Márquez. 

Córdoba fue para Petro, principalmente, un lugar para vivir sabrosos asuetos, un destino familiar de largas vacaciones. “El Caribe era entonces ese territorio lejano y entrañable que fue formando parte de mi naturaleza”, escribe en Una vida, muchas vidas, sus memorias (con Hollman Morris).

A las elecciones presidenciales del 19 de abril de 1970 se lanzó como candidato Evaristo Sourdis, político conservador de Sabanalarga (Atlántico). Quedó de colero, detrás de Misael Pastrana, Gustavo Rojas Pinilla (según se alega, el verdadero ganador) y Belisario Betancur. Fue la última posibilidad seria que tuvo la costa antes de que clanes corruptos, paracos, guerrillas y mafiosos entraran a saco en el paisaje político del litoral. Esa fecha nefanda sembró una semilla rebelde en el niño Gustavo Petro. El mismo que, después de muchas vicisitudes, errores y actos de coraje, se posesionó bullicioso como presidente hace siete días.

Soy de los que se ponen contentos de ver un costeño en la Casa de Nariño. Espero que los hechos justifiquen esa alegría.

Esquirla. Alguien se equivocó en España, mi querida segunda patria, al desentrañar el sentido de la espada de Bolívar. Dudo de que fuera Felipe VI, pues en materia política el rey no actúa por su cuenta sino que recibe indicaciones (Art. 64 CN de E: “De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden”: es decir, el gobierno). La extrema derecha española dijo que el acero bolivariano simbolizaba el terrorismo. Todo lo contrario: encarna la paz acordada, las armas rendidas, el sometimiento de la fuerza ante la ley. Con el mismo sesgo podría afirmarse que la cruz de Jesucristo no significa un sacrificio redentor sino una invitación a colgar rebeldes.

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