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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El hombre que nunca dejó de escribir el sol

Hace muchos años escribí un poema que titulé Parecidos indelebles y que comienza con estos versos: “Cada vez te pareces más a tu padre -me dicen en la calle- / en sus gestos, en su forma de caminar, /por su frágil manera de mirar el paso de la gente. /Por sus ademanes en la mesa y el ritual de hacer listas sin objeto”. A primeras se trata de un sencillo homenaje a mi padre entre tantos otros que he rendido a través de algunos textos publicados a lo largo de varios años en distintos medios. Hace poco le hice una completa entrevista para El Tiempo a propósito de un reconocimiento que le hicieron en la FILBo 2026 en la que él revela algunas de sus claves de su poética y de su credo literario. 

Mi hermana Carolina y yo heredamos de él ese gusto temprano por las palabras, por el lenguaje y por asombrarnos a través de páginas maravillosas. Los libros siempre fueron parte de la cotidianidad y de la familia y hoy sabemos, con certeza, de que fue un inmenso privilegio. Y eso, sin duda, ha sido parte de nuestra identidad. 

Por eso, también, resulta difícil definirlo dentro de un rol particular poque ha sido poeta, novelista, ensayista, periodista, autor para niños y un investigador infatigable de nuestra tradición literaria. Pero sobre todos esos oficios ha sido un memorialista que hizo de la escritura y la conversación el lugar donde las palabras se convierten en la verdadera casa. 

Algunos de los críticos que mejor han leído su obra coinciden, desde perspectivas distintas, en señalar esa condición excepcional. Alí Calderón lo ubica entre la decisiva generación latinoamericana nacida en los años cuarenta, aquella que heredó el coloquialismo de Neruda, Cardenal y Sabines para transformarlo en nuevas búsquedas estéticas. Advierte que su poesía nace del lenguaje conversacional: “leer a José Luis Díaz-Granados es emprender un viaje que inicia en el coloquialismo... y halla su natural expresión en el tono meditativo”.  Por su parte, Juan Gustavo Cobo Borda observa ese mismo recorrido desde otro ángulo. Para él, la verdadera materia de esta poesía no es únicamente el lenguaje sino la memoria. En sus versos aparecen el Caribe de la infancia, la figura tutelar del padre, Bogotá, el amor, los amigos, las derrotas políticas, el exilio, las lecturas, los cafés, las calles, los fantasmas familiares. Poco a poco todos esos episodios dejan de pertenecer a la biografía para ingresar en la literatura. José Luis, recuerda Cobo Borda, termina edificando un personaje que es él mismo y, al mismo tiempo, alguien distinto y que es, ante todo, un cronista de su propia existencia. 

Álvaro Miranda, compañero de generación y amigo desde la adolescencia, recordó siempre al muchacho que recitaba poemas en los púlpitos escolares, al lector precoz, al joven que descubría a Silva, León de Greiff o Faulkner mientras otros perseguían balones de fútbol. De esos recuerdos surge una afirmación que resume toda una existencia: “En José Luis vida y obra son una misma cosa”. Difícil encontrar una definición más precisa. En él no existe distancia entre la experiencia y la escritura. Todo termina convertido en materia poética: el padre ausente, la búsqueda de Comala, el vallenato, San Victorino, las prostitutas de la Calle 13, la burocracia, el humor, la política, el amor y la muerte. Su universo es tan amplio porque nunca excluyó aquello que parecía indigno de convertirse en poema.

Otro compañero de generación, el inolvidable Roberto Burgos Cantor, por su parte, identifica otra virtud como lo es la lealtad a la poesía misma. Recuerda cómo El laberinto se convirtió para toda una generación en un libro emblemático y cómo, desde entonces, jamás abandonó ese territorio. Lo encontró investigando archivos olvidados, reconstruyendo memorias, escribiendo novelas, dictando conferencias, conversando con escritores de medio continente. Pero detrás de todas esas actividades permanecía intacta una sola fidelidad. Burgos la resume en una frase admirable: “su probidad no es otra que la lealtad insobornable a la poesía”. 

Por eso estoy convencido que leer hoy a mi padre significa mucho más que recorrer una trayectoria literaria de varias décadas. Significa entrar en una conversación permanente con la memoria de Colombia y de Hispanoamérica con sus escritores, sus ciudades, sus derrotas, sus esperanzas y sus lenguajes. Esa es, finalmente, su mayor conquista y es la de haber convertido su vida en literatura y la literatura en una forma más intensa de la vida. 

Ese es mi padre que en pocos días cumplirá ochenta años. El mismo que en 1950, cuando todavía llenaba los cuadernos escolares con una letra insegura, decidió hacer un periódico con sus lápices de colores. Lo llamó El Sol y allí dibujaba reinas, políticos, deportistas e inventaba noticias y escribía titulares con “palitos y garabatos”, como él mismo los describió muchos años después.  Después llegaron los cuentos de Constancio C. Vigil y ya no hubo marcha atrás. Descubrió que las palabras también podían inventar universos y comprendió, acaso sin saberlo todavía, cuál sería el oficio de su vida. “Mi mayor alegría es poner a mi otro yo a garabatear poemas, narraciones y crónicas con el fin de hacer felices a mis semejantes y de esa manera no morirme nunca”.

Su biografía podría ocupar muchas páginas desde cada una de sus facetas vitales. Está el poeta que comenzó a publicar siendo adolescente y terminó convirtiéndose en una de las voces fundamentales de la llamada Generación sin Nombre. Está el novelista que hizo de Bogotá un territorio literario tan complejo y fascinante con una novela como Las puertas del infierno. Está el periodista cultural que durante más de veinte años recomendó libros desde Lecturas Dominicales y ayudó a descubrir escritores cuando todavía nadie hablaba de ellos. Está el profesor que convirtió las aulas en talleres de entusiasmo. Está el promotor cultural, el conferencista, el crítico, el cronista, el lector insaciable.

Pienso, por ejemplo, en el muchacho de trece años que llegó una tarde de octubre de 1959 con un cuento doblado bajo el brazo para conocer a Gabriel García Márquez. Gabo leyó aquel relato acostado sobre una alfombra y lo animó a seguir escribiendo. Ese adolescente nunca dejó de agradecer aquellos consejos. Décadas después escribiría uno de los libros más entrañables sobre García Márquez, no desde la admiración distante sino desde la intimidad de la amistad y la familia. Pienso también en aquel joven que perseguía a Pablo Neruda por los pasillos del aeropuerto El Dorado con la emoción de quien va a encontrarse con un dios. 

Quienes han leído El laberinto saben que allí comenzó una aventura poética que nunca dejó de renovarse. Pocos poetas colombianos han transitado con tanta libertad por registros tan diversos: el poema amoroso, la celebración órfica, la conversación cotidiana, la memoria familiar, la poesía política, la experimentación formal, la infancia, el humor, la elegía. Como si cada libro hubiera sido la oportunidad de comenzar de nuevo. Quizá ningún poema suyo resume mejor la intensidad del amor como el poema Alba musicalizado por Iván Benavides e interpretado en las noches bohemias de los años ochenta por el dúo Iván y Lucía. Ese poema terminó siendo un himno generacional y en la banda sonora de una época en la que los bares, como diría su gran amigo Armando Orozco, “son nuestros barcos balleneros”. Eran los refugios en unos años de exterminio y represión. El poema dejó de pertenecer a un libro de mi padre para convertirse en parte de la memoria de una generación. También fueron los años de los poemas de compromiso político, muchos de ellos que circulaban en fotocopias sacados del libro Cantoral como Colombia vive o Venga esa mano

Mi padre puede entusiasmarse durante horas comentando el poema de un autor desconocido y celebrar la primera publicación de un muchacho de provincia con la misma emoción con la que habla de Neruda o de Vallejo o dedicar semanas enteras a escribir una reseña generosa sobre un libro que apenas circularía entre unos pocos lectores. Y es ahí donde también descubro que quizá el mayor triunfo de una vida no consiste en llegar a los ochenta años sino en llegar a ellos sin haber traicionado jamás al niño que un día descubrió que escribir era la forma más luminosa de permanecer en el mundo.

Siempre me ha parecido que los grandes poetas conservan intacta una infancia secreta. Mi padre nunca la perdió y por eso siempre ha sido capaz de regresar al asombro original del lenguaje y por eso sigue escribiendo cuentos, leyendas, poemas, adivinanzas, trabalenguas, palíndromos y juegos verbales con la misma seriedad con la que escribe una novela o un ensayo sobre Neruda. Sabe bien que la literatura comienza mucho antes de los grandes libros y es cuando un niño descubre que las palabras también sirven para jugar. Miles de lectores colombianos conocieron por primera vez los mitos, las leyendas y la poesía gracias a muchos de esos libros.

Esta semana cumple ochenta años. Pienso otra vez en aquel niño que dibujaba un periódico llamado El Sol mientras los demás salían a jugar. Nadie podía imaginar entonces que ese juego terminaría convirtiéndose en decenas de libros, miles de artículos, incontables lectores y varias generaciones de escritores agradecidos. Pero, sobre todo, nadie podía imaginar que aquel niño lograría cumplir su promesa sin proponérselo y es escribir para no morirse nunca. Hay escritores que hacen parte de la memoria de un país y que aparecen en los libros de texto de los colegios. Carolina y yo tuvimos la fortuna de llamar padre a uno de ellos.  

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