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Luis Alberto Arango
Puntos de vista

Elecciones, plebiscito y esperanza

Colombia amanecerá este domingo, 31 de mayo, con una oportunidad que se repite pocas veces en la vida: la de decidir el rumbo de la Nación. No la tienen los candidatos presidenciales, ni los partidos políticos, ni los que han hablado más duro en la campaña presidencial. La tenemos nosotros, los ciudadanos. La esperanza no vive en quien aspira al poder sino en quienes decidimos a quién habilitamos para conducirlo. Siempre ha sido así. Ese es el sentido profundo del voto: no es un acto de fe en un líder, es un acto de soberanía sobre el rumbo colectivo.

Y ese rumbo necesita corrección urgente.

En mi columna de la semana pasada escribí que Gustavo Petro fue un gran diagnosticador de los males de Colombia y un pésimo médico. Que prometió unir y dividió. Que desperdició la oportunidad histórica más grande que ha tenido la izquierda colombiana. Las elecciones presidenciales de 2026 en Colombia no son ordinarias: serán, quizás, el plebiscito con mayor afluencia electoral en la historia del país. No solo elegiremos hacia dónde queremos ir. Muchos, no pocos, le diremos al primer gobierno de izquierda de su historia cómo no queremos volver a ser gobernados.

El país que llega a las urnas carga con una herencia fiscal sin precedentes fuera de los años más duros de los noventa y la pandemia. Entre 2022 y 2026, bajo la administración Petro, la deuda pública aumentó en más de 400 billones de pesos, de los cuales 176 billones se contrajeron solo en el último año. Hoy la deuda pública, en términos absolutos y como proporción del PIB, alcanza niveles que no se veían desde la crisis de finales de los noventa —superando incluso el pico de la pandemia.

El país que llega a las urnas carga con una herencia fiscal sin precedentes fuera de los años más duros de los noventa y la pandemia.

En 2025, el Gobierno emitió 92,7 billones en títulos de corto plazo con un incremento del 368 por ciento frente a 2024, pagando tasas cercanas al 14 por ciento anual, las más altas en más de dos décadas. El déficit fiscal cerró ese año en 6,4 por ciento del PIB —el segundo más alto de la historia reciente, fuera de la pandemia—, con la agravante de que el propio Gobierno suspendió la regla fiscal, el único mecanismo legal que impedía gastar más de lo que el país puede pagar. 

El ajuste necesario para estabilizar la deuda podría ubicarse entre 3,5 y 4,5 puntos del PIB. Todo como consecuencia de un gasto gubernamental sin control, de decisiones tomadas al amparo del populismo y sin ningún cálculo de sus efectos sobre las finanzas del país.

Ese es el peso que el próximo presidente cargará desde el primer día de su posesión. Pero es también la primera razón por la que el voto importa: porque quien llegue a la Casa de Nariño necesita un mandato claro, no una victoria raquítica que lo condene a la parálisis.

La crisis que enfrentamos en Colombia no solo es fiscal. Es de confianza en el modelo económico y de dignidad.

Cuatro años de confrontación con el sector privado dejan una herida profunda en la confianza que cualquier economía necesita para crecer. Los países que han alcanzado desarrollo real sin depender de recursos naturales —Corea del Sur, Alemania, Japón— lo lograron con una base industrial construida en alianza entre el Estado y el empresario, no en su contra. El empresario colombiano —el grande y el pequeño, el industrial y el tendero— no es el enemigo del pueblo: es quien genera el empleo que reduce la pobreza, quien paga los impuestos que financian los servicios públicos, y quien tiene la capacidad real de ayudar a sacar al país del rumbo en que lo deja este Gobierno.

En Colombia hay 1,5 millones de empresas activas —microempresas, pequeñas, medianas y grandes— y sus dueños no son oligarcas: son el tendero, el sastre, el transportador, el industrial que da trabajo en su municipio y el exportador que trae divisas al país. Sin empresa no hay trabajo formal estable, sin empresas no hay desarrollo ni utilidades, sin utilidades no hay impuestos, y sin impuestos no hay con qué pagar una deuda que ya nos hipotecó el futuro.

Además, hay que devolverle a Colombia su lugar en el mundo. En este Gobierno la diplomacia se convirtió en un escenario emocional de corte ideológico, que llevó al jefe de Estado a tildar de nazis a otros jefes de Estado que no pensaban como él, a enfrentarnos sin sentido con nuestro principal socio comercial, Estados Unidos, y a que nuestros amigos fueran los países que hoy son vistos con reserva en el resto del mundo.

"Además, hay que devolverle a Colombia su lugar en el mundo”.

Colombia merece el ejercicio de una presidencia con la sobriedad y la dignidad que le permitan sentarse en cualquier mesa del mundo a defender sus intereses, con visión diplomática de largo plazo, no a improvisarlos. 

Iván Cepeda no es Petro, pero eligió montarse en el andamiaje del Gobierno actual para llegar al poder, y ese cálculo tiene un costo: quien le debe el boleto al presidente Petro, seguramente no tendrá las manos totalmente libres para corregir el rumbo con la velocidad y la independencia que el momento exige.

El próximo gobierno heredará una situación difícil, pero hay camino y sobre todo esperanza. Ese camino pasa por conservar lo que funcionó —la reforma agraria, la formalización de tierras, los programas sociales que llegaron donde nunca habían llegado— y corregir con determinación lo que falló: el gasto desmedido, la falta de sostenibilidad de nuevos programas sociales y la ausencia de un plan real de impulso a la industria. En el actual Gobierno hubo documentos y declaraciones, pero nunca la articulación ni el compromiso efectivo que la industria colombiana necesitaba.

Los colombianos de distintas orillas ideológicas nos merecemos aprender a construir juntos, sin que medie el odio ni las acusaciones sin justificación ni resolución: que las diferencias no tienen que ser trincheras, que un país unido con debate es infinitamente más fuerte que un país fragmentado con certezas, o lo que es peor, con falsedades.

Hay muchas cosas que no podemos controlar. No controlamos los mercados, ni la herencia fiscal, ni los vaivenes geopolíticos. Pero controlamos nuestro voto. Y con ese voto —aparentemente pequeño, pero en el fondo poderoso— habilitamos la dirección de una nación entera. Las generaciones que vienen, las que heredarán las decisiones que tomamos hoy, nos van a juzgar. No por lo que sentíamos. Por lo que hicimos cuando tuvimos la oportunidad de actuar.
Esa oportunidad es mañana. Y se repite en la segunda vuelta, donde se definirá el mandato real del nuevo presidente. Vote con convicción en ambas.

Y con ese voto —aparentemente pequeño, pero en el fondo poderoso— habilitamos la dirección de una nación entera. 

No por el candidato perfecto —ese no existe—. Sino con la certeza de que la esperanza se ejerce con determinación y convicción. Y empieza en el puesto de votación, con un tarjetón en la mano, listo para marcar y un país entero por construir.

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Mi e-mail es: columnaluisarango@gmail.com
 

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