Hoy termina una de las campañas electorales más violentas que Colombia haya vivido en años. Violenta en el lenguaje, en la desinformación, en la persecución y ataques a periodistas, en la forma como nos acostumbramos a hablar del otro, pero también violenta en el sentido más literal y doloroso de la palabra: esta carrera tuvo un candidato asesinado, Miguel Uribe Turbay.
Ese hecho debería bastar para obligarnos a todos a hablar con más cuidado. No con menos convicción. No con menos firmeza. No con menos libertad. Pero sí con más conciencia del peso que tienen las palabras cuando un país está emocionalmente incendiado.
Me explico. Durante meses, Colombia no solo escogió entre candidatos. Escogió entre miedos. Entre rabias. Entre memorias heridas. Entre promesas de orden, de cambio, deseos de castigo, deseos de revancha, cansancio institucional, frustración social y una sensación extendida de que el país se estaba jugando algo definitivo. Cada elección presidencial suele presentarse como histórica. Pero esta tuvo algo más sombrío. La impresión de que para muchos no bastaba con ganar. Había que derrotar moralmente al otro.
Ahí empieza el verdadero peligro. Una democracia puede sobrevivir a una elección dura. Puede sobrevivir a campañas agresivas, debates ásperos, columnas incómodas, denuncias severas y diferencias profundas sobre seguridad, economía, justicia, paz, empresa, impuestos o Estado. De hecho, una democracia necesita todo eso. Necesita contradictores, prensa que incomode, ciudadanos que se indignen, oposición, alternancia, ideas enfrentadas porque, sin debate, la política se convierte en obediencia.
Como ya lo he dicho, el problema no es el desacuerdo. El problema es cuando este se convierte en desprecio. El problema no es que exista división entre la izquierda y la derecha. El problema es cuando cada lado empieza a necesitar que el otro sea ilegítimo para poder sentirse justo. Cuando el adversario deja de ser alguien equivocado y pasa a ser alguien indigno. Cuando una parte del país ya no quiere convencer a la otra, sino expulsarla simbólicamente de la nación.
Eso es más grave que la polarización normal. Es otra cosa. Es la política como exterminio moral. Colombia conoce demasiado bien ese camino. Lo conoce en su violencia partidista, en sus asesinatos políticos, en sus guerras recicladas, en sus familias divididas, en sus regiones estigmatizadas, en sus líderes convertidos en santos o demonios, en su facilidad para transformar el miedo en odio y el odio en permiso.
Por eso, esta columna no es sobre quién va a ganar o perder. Visto de una manera a largo plazo, estamos perdiendo todos. Y ya habrá tiempo para analizar el nuevo gobierno, sus riesgos, sus promesas, sus límites, sus contradicciones y sus responsabilidades. Esta columna es sobre algo anterior y tal vez más difícil y es qué hacemos nosotros con el país que queda después de esta elección.
Porque después de la victoria no desaparece el país que perdió. Después de la derrota, no solo sobrevive el país que ganó. Después de los discursos, las encuestas, los trinos, las bodegas, los insultos, los cierres de campaña y las celebraciones, queda lo más difícil y es convivir todos. Gobernar juntos. Discutir juntos. Aceptar que la otra mitad del país no se va a ir a ninguna parte.
Y eso exige una pregunta incómoda. ¿Qué le está haciendo la política a nuestra manera de pensar, de escribir, de hablar, de escuchar y de mirar al otro? No lo pregunto desde la neutralidad cobarde. No creo en una falsa equidistancia entre democracia y autoritarismo, entre verdad y mentira, entre prueba y propaganda, entre violencia y desacuerdo.
Hay momentos en los que toca tomar posición. Hay que denunciar abusos. Hay que incomodar al poder. Hay que decir cuando un gobierno fracasa, cuando un candidato miente, cuando una institución se equivoca, cuando una amenaza es real o cuando una acusación no tiene pruebas. El periodismo de opinión no puede convertirse en un ejercicio de buenos modales para no molestar a nadie.
Pero tampoco puede convertirse en una fábrica semanal de rabia. Ese es el punto que me inquieta. En Colombia, todos estamos aprendiendo a escribir, hablar y opinar dentro de una economía emocional que premia el exceso. El matiz aburre. La duda parece debilidad. La prudencia parece complicidad. La serenidad no circula. La frase incendiaria viaja más rápido que el argumento. La acusación produce más audiencia que la explicación. La indignación genera más aplausos que la precisión.
Y entonces uno empieza a sentir una presión silenciosa. La presión de reaccionar siempre. De opinar de inmediato. De entrar a cada pelea. De contestar cada ataque. De escoger cada semana un enemigo. De escribir no solo para pensar, sino para que el texto sobreviva en medio del ruido. Esa presión puede deformar el oficio.
Una columna debe tener carácter. Pero también debe tener medida. He pensado mucho en esa palabra: medida. Albert Camus la usaba como una forma de resistencia frente al fanatismo. No como tibieza. No como comodidad. No como silencio. La medida es otra cosa. Es la conciencia de que incluso las causas justas se pueden corromper cuando pierden límites. Es entender que una idea puede defenderse con fuerza sin convertir al contradictor en basura moral. Es saber que el lenguaje público no solo describe una realidad, también la produce.
George Orwell entendió algo parecido desde otro lugar. La degradación del lenguaje político no es un problema estético. Es un problema moral. Cuando las palabras se vuelven consignas, cuando las categorías reemplazan a las personas, cuando el insulto sustituye el argumento y cuando la propaganda ocupa el lugar de los hechos, el pensamiento también se degrada. Y una sociedad que deja de pensar con precisión termina actuando con brutalidad.
Por eso siento que debo hacer una pausa necesaria. Para despedirme de esta cita semanal sin dramatismo y sin renuncia. No dejo de pensar el país, ni de discutirlo, ni de sufrirlo, ni de quererlo. No dejo de creer en la necesidad de la opinión, de la investigación, de la denuncia y de la incomodidad pública. Pero necesito tomar distancia de la obligación inmediata de opinar cada semana, para volver a mirar con más calma, trabajar con más foco en mis obligaciones principales y preservar la independencia interior que toda columna exige.
No es una retirada del debate en Colombia. Es justamente lo contrario. Los próximos cuatro años van a ser difíciles. Gane quien gane la discusión diaria, Colombia tendrá que enfrentar un Estado débil, una criminalidad fortalecida, unas finanzas públicas estrechas, una ciudadanía agotada, una oposición intensa, un Congreso fragmentado, una conversación pública intoxicada y una democracia que necesitará mucho más que gritos para sostenerse. El país va a necesitar firmeza, pero también inteligencia. Autoridad, pero también límites. Oposición, pero también responsabilidad. Periodismo, pero también rigor. Convicciones, pero también humanidad.
Yo también necesito ordenar mis prioridades dentro de ese país. Durante años he escrito desde la convicción de que la opinión pública importa. Y lo sigo creyendo. Pero también he construido, con un equipo extraordinario, una vida profesional que exige atención, energía, método y responsabilidad. Mi trabajo principal requiere foco, prudencia y la conciencia de que las opiniones públicas también pueden tener efectos sobre espacios profesionales que uno ha construido durante años. Las personas que han crecido conmigo merecen una parte más completa de mi atención. No lo digo como excusa, sino como reconocimiento. También hay formas de servir al país desde el trabajo serio, desde la construcción institucional, desde la investigación rigurosa, desde la empresa y desde la protección de los equipos que hacen bien las cosas.
A veces uno confunde presencia pública con compromiso. Y no son lo mismo. Se puede estar menos expuesto y más comprometido. Se puede escribir menos y pensar mejor. Se puede bajar el volumen sin entregar las convicciones. Se puede hacer una pausa sin abandonar la palabra.
Durante estos años, CAMBIO ha sido mi casa. Un lugar de libertad, confianza, independencia y conversación pública. Pocas cosas valen tanto para un columnista como escribir sin pedir permiso ideológico, sin recibir instrucciones, sin sentir que el texto debe acomodarse a una línea que no sea la propia conciencia. A CAMBIO le debo ese espacio. Y también le debo gratitud a sus editores, a sus periodistas, a sus lectores y a quienes hicieron posible que cada semana esta columna existiera.
A los lectores les debo todavía más. A los que estuvieron de acuerdo y a los que discreparon con dureza. A los que escribieron para agradecer y a los que escribieron para insultar. A los que compartieron una columna con entusiasmo y a los que la discutieron con rabia. Una columna no es solo una opinión. Es una forma de disciplina pública. Es una conversación exigente con desconocidos. Es una manera de ordenar el pensamiento frente a un país que muchas veces parece imposible de ordenar.
Esta semana también cumplo 20 años intentando ejercer esa disciplina en distintos medios, entre ellos La República, La Patria, El Colombiano, El Espectador y, finalmente, CAMBIO. Siempre he intentado hacerlo con convicción, con datos, con hechos, con independencia y con la conciencia de que escribir también puede hacer daño si uno olvida la medida. No siempre lo habré logrado. Ningún periodista o columnista debería engañarse tanto. No he sido infalible al error, pero cuando me he equivocado he intentado reconocerlo de inmediato, corregir con honestidad y no confundir la firmeza con la terquedad.
También he aprendido que la indignación, incluso cuando nace de razones legítimas, necesita límites. Una frase puede ser cierta y al mismo tiempo injusta por exceso. Una denuncia puede ser necesaria y aun así perder fuerza si se escribe desde la rabia. A veces el país empuja a todos, incluso a quienes intentamos criticar su deterioro, hacia el mismo tono que decimos lamentar.
Por eso también sirve parar. Por eso necesito detenerme. No porque haya perdido interés en el país. Menos ahora, cuando Colombia entra en un gobierno que exigirá vigilancia, criterio, límites democráticos y una enorme responsabilidad pública. Precisamente porque el momento es tan delicado, no quiero opinar por inercia ni convertir la columna en un reflejo automático frente a cada provocación. La velocidad semanal a veces no coincide con la profundidad que ciertos momentos requieren. Tomar distancia puede ser también una forma de mirar mejor. De escuchar mejor. De pensar con más cuidado. De no permitir que el ruido termine ocupando el lugar del juicio.
No sé cuánto durará esta pausa. No me interesa convertirla en ceremonia. Seguiré pensando, leyendo, trabajando, investigando, discutiendo y participando en la vida pública desde otros lugares. Seguiré preocupado por Colombia. Seguiré creyendo que la democracia necesita debate, pero no deshumanización; oposición, pero no exterminio moral; periodismo, pero no propaganda; carácter, pero no crueldad. No es un adiós al país. Es una pausa en la palabra. Y a veces una pausa también es una forma de responsabilidad.
@yohirakerman; akermancolumnista@gmail.com
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