
Son más bien pocos los que se atreven a decir que el país va bien. Descontando las bodegas, los burócratas y los fanáticos del petrismo, no son muchos los ciudadanos que puedan afirmar que su situación familiar o personal ha mejorado desde la llegada del presidente Petro a la Casa de Nariño. Esta no es una afirmación malintencionada que pretenda avalar las críticas, muchas veces desorbitadas e injustas, de la oposición. Es el reflejo de una realidad que en su fuero interno el mismo primer mandatario y sus amigos cercanos saben que no pueden evadir.
El acelerado desvanecimiento de la esperanza popular generada por la llegada del primer gobierno de izquierda al poder ha llenado de ira y frustración a Petro y a su equipo. A la ausencia de resultados se le suman las circunstancias que hoy alimentan los cuestionamientos éticos de su campaña. Además, la reiterada e injustificada impuntualidad en el manejo de su agenda personal ha causado inmensos traumatismos en el desarrollo de sus políticas y daños severos a su reputación y la del país.
Ante la impotencia de ver que el tiempo transcurre sin poder mostrar avances relevantes, el gobierno asumió una actitud que no va a lograr, sino ahondar sus infortunios. Se trata de atribuirle los fracasos a todos los demás. La presunción de infalibilidad del presidente y de sus ministros los llevan a concluir que siempre hay un culpable detrás de la derrota. Que la responsabilidad de semejante despelote está en manos de enemigos invisibles que conspiran a sus espaldas para tumbar al presidente o para impedir el cambio social.
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