
Las elecciones estadounidenses tienen bien ocupados a los tertuliaderos, a los foros académicos y a la prensa en todas partes del planeta. Obvio, con excepción de Colombia que siempre parece estar de espaldas a la realidad mundial. Sin duda, nuestro tradicional parroquialismo tiene mucho que ver. También la verdad es que aquí vivimos en vilo, sometidos a una imparable avalancha de noticias, tragedias y trinos. Sin embargo, hay una explicación adicional, quizás la más relevante.
El tema de los Estados Unidos y de las relaciones bilaterales no ha sido, paradójicamente, un asunto de preocupación para los colombianos desde que se inició el gobierno Petro. Eso no siempre ha sido así. Las relaciones con Washington han pasado por momentos muy tensos y difíciles en el pasado, como por ejemplo cuando al país le tocó aguantarse los desplantes del procónsul Myles Frechette, en ese entonces embajador en Bogotá.
Muchos imaginaron que con la llegada al poder del primer gobierno de izquierda, que trajo su buena carga de retórica anti-Occidente y de cambios de política en temas altamente sensibles, volveríamos a las épocas de una aguda confrontación. Esa hostilidad y tensión no ha ocurrido. En gran medida es por eso por lo que los colombianos en la actual coyuntura no sentimos el tema de Estados Unidos como un desafío. Sin embargo, el próximo 4 de noviembre, día de las elecciones presidenciales, toda esa “buena vibra” podría cambiar.
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