
No hay duda de que ser el país con el peor índice de Gini del mundo es una vergüenza, una injusticia y un desafío descomunal. El 10 por ciento más rico de los colombianos obtiene una participación en el PIB de 43 por ciento, mientras que el 10 por ciento más pobre solamente tiene una participación del 1 por ciento. Eso tiene que cambiar.
Hay que tener en cuenta también que no es el único problema de injusticia distributiva. En el país, hay un gran número de desigualdades, o de dimensiones de la desigualdad. Las más notorias son las diferencias de ingreso y de protección laboral entre el sector informal y el formal y las que hay entre el campo y las ciudades. El abismo entre el desarrollo y el ingreso de las grandes ciudades y el resto del país es gigantesco. Hay desigualdades entre géneros, entre etnias, educativas, de acceso a oportunidades y a derechos, por ejemplo, a salud y seguridad. También se han perdido libertad y control en los territorios periféricos dominados por criminales o similares. Somos una Costa Rica incrustada en el corazón de las tinieblas y del crimen. ¿Por dónde empezar?
Es aconsejable comenzar por reducir la desigualdad de ingresos, que es medible, y tener cuidado porque la disminución de una desigualdad de ingreso puede aumentar otras. Un ejemplo es que las políticas que promueven mayor participación de mujeres en las juntas directivas y en los altos cargos tienen un efecto positivo para disminuir la desigualdad entre géneros, pero aumentan la desigualdad entre mujeres pues solamente se benefician las más inteligentes, las mejores, las que más brillen y sus empleadas domésticas.
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