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Yezid Arteta Dávila
Puntos de vista

Transformado el dolor

En aquella rotonda de la cárcel se reunía tu padre con los sindicalistas, le indiqué a Camilo Umaña Hernández, viceministro de Política Criminal y Justicia Restaurativa. Me refería a Eduardo Umaña Mendoza, el aguerrido defensor de prisioneros políticos que enfrentó con la ley en la mano los abusos cometidos por la extinta “justicia sin rostro” y el Estado policiaco que perseguía a los opositores. El rostro de Camilo se contrajo, recordando a su padre asesinado por un grupo de pistoleros el 18 de abril de 1998. “Más vale morir por algo, que vivir por nada”, fue la enseña que guio la existencia de Eduardo Umaña Mendoza.

El pasado 19 de junio, invitado por la periodista Jineth Bedoya, volví a la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá. Un cuarto de siglo después. Recorrí con ella y su madre el sombrío pasillo por el que ingresé la primera vez en julio de 1996. En aquel entonces iba con las manos esposadas, renqueando a causa de los balazos y las esquirlas de granada que días antes había recibido en Remolinos del Caguán, el remoto caserío de la Amazonia colombiana en que las fuerzas especiales del Ejército me tomaron prisionero. Aquí fue donde te vi por primera vez, me dijo Jineth indicando la reja que conduce al pabellón dos y el dispensario de la cárcel.

Entramos en la capilla, el único lugar de la cárcel que se respetaba en los “años de plomo”. La siniestra época en la que la manzana del distrito industrial de Puente Aranda que alberga al penal, se convirtió en una prolongación de todas las guerras que se libraban en el país. Por aquellos días fue hasta la capilla de la Modelo el treintañero Gustavo Petro a decirnos que la lucha armada era un capítulo cerrado. Antanas Mockus nos explicó, con su ingeniosa pedagogía, la noción de cultura ciudadana. Ante un nutrido grupo de guerrilleros presos, el excandidato presidencial por el Centro Democrático Rafael Nieto Loaiza, destacó la importancia del Derecho Internacional Humanitario. El fallecido senador por el Partido Conservador Edgar Perea pidió, con su emotiva voz de narrador deportivo, paz en la cárcel y el país. Mientras que en los patios del penal se fraguaban crímenes y conspiraciones, en la capilla se estimulaban el diálogo y el apaciguamiento.

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