Daniel Schwartz
1 Noviembre 2022 10:11 pm

Daniel Schwartz

Breve tratado sobre la ñunfla

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La semana pasada tuve el privilegio de entrevistar a Pablo Guayasamín, hijo del artista quiteño Oswaldo Guayasamín. Hablamos sobre La Capilla del Hombre, el gran legado de su padre, un santuario dedicado a la grandeza del ser humano. Pablo, un hombre mayor, describió paso a paso las obras de su padre que revisten La Capilla. En uno de los murales aparece el maíz, la mazorca, que evoca la fuerza de la familia, pero también su fragilidad: se desmorona y pierde su unicidad cuando se le arranca un grano, y ese grano es el hijo perdido, la tragedia del familiar desaparecido.

Por cosas del destino, después de la entrevista comimos mazorca. De regreso a casa traté infructuosamente de sacarme con las uñas y con mi lengua, convertida en un arma filosa, las ñunflas de maíz que quedaron en mi boca después del festín. La ñunfla, en el argot popular, es el pedacito de comida que queda entre los dientes; puede ser visible ante la gente cuando se sonríe, pero la ñunfla de la mazorca, y la de su derivado pop, la crispeta, es imperceptible para el ojo ajeno. También es la ñunfla más engorrosa: suele ser pequeña, se aloja con fuerza entre los dientes y solo se puede extirpar con la ayuda de algún artefacto.

Llevo varios días pensando en la ñunfla. No hay consenso entre los diccionarios de americanismos sobre el origen de la palabra o su significado. A veces se escribe “ñufla”, como en Chile, donde quiere decir “persona ordinaria”, otras veces se refiere a la mismísima ñunfla a la que yo hago referencia acá, pero se escribe “ñufla”. Sea como sea, me inclino por la ñunfla, tal como aprendí a utilizar la palabra en mis años del colegio. La ñunfla puede ser el resultado de una buena comilona —entre más se mastica, más ñunfla queda—, pero también es la escoria, un residuo mal visto que debe eliminarse. No solo es mal vista, sacársela en público también lo es; comérsela después de sacársela, aún peor. La ñunfla está en el peldaño más bajo de la cultura alimenticia.

“Ñunfla” suena feo. En Colombia, la mayoría de las palabras que empiezan por “ñ” tienen un significado peyorativo: el ñero, la ñanga, la ñámpira, el ñuco, la ñinga, el ñacaroso, la ñunfla. Casi todas estas palabras son sinónimos para referirse a una persona de mal gusto, ordinaria, peligrosa. Hay, eso sí, una palabra que empieza por “ñ” que no es negativa, “la ñapa”, esa bondad que solo existe en la economía informal. La ñunfla es también una suerte de ñapa: un poquito más de almuerzo que sabiamente el cuerpo retiene, un algo más que se guarda a escondidas para la sobremesa.

Le pregunté a mis padres y a mi abuela por los palillos anti-ñunflas que dan en los restaurantes. Me dijeron que antes era muy común el uso de los palillos. Aprendí que, aunque las clases altas han visto el uso del palillo como un gesto de mal gusto, fue, a comienzos del siglo XX, un artefacto de lujo: algunos, incluso, cargaban con un palillo personalizado mandado a hacer en alguna joyería. Hoy el palillo solo se encuentra en los restaurantes y en los asaderos populares, en un tarrito de plástico con un orificio en la tapa. En los restaurantes elegantes no ofrecen los palillos, como si la comida más sofisticada no dejara ñunflas. Pero recuerdo haber visto los palillos con más frecuencia durante mi infancia, recuerdo que en algunos restaurantes finos se podía pedir palillos para después de comer. Estamos, pues, ante la negación sistemática y premeditada de la ñunfla. Ya no están los palillos en las mesas de los restaurantes, ya no aparecen en las telenovelas aquellos entrañables personajes que se sacaban la ñunfla sin vergüenza ni decoro. 

Soy, quizá, parte de la última generación que creció viendo telenovelas costumbristas. Por ellas conocí la palabra ñunfla, entre otras muchas palabras soeces. Aprendí a imitar el gesto del palillo, interpretado con maestría por Enrique Carriazo, el protagonista de Los Reyes, o por John Alex Toro, en Nuevo Rico Nuevo Pobre. El hombre del palillo era el ñuco, el gañán, el guache, el burdo, pero también el compasivo, el humilde, el trabajador honrado. Para muchos colombianos estas telenovelas fueron una ventana abierta al país: aprendimos a reconocer gestos y costumbres desconocidas, pero a la vez cercanas. Para otros, fueron el gran espacio de representación de lo común, de lo cotidiano. Era verse en la gran pantalla, sentirse reconocido. Las telenovelas costumbristas, llenas de humor e ironía, y a pesar del uso extremo de los estereotipos, fueron grandes tratados de semiología, de símbolos identitarios de clase y región que representan a la mayoría de los colombianos.

Esas telenovelas alimentaron un imaginario de país en disputa: mostraban las tensiones de clase y de región, mostraron al oprimido disputando su visión del mundo y del país frente al opresor, y viceversa. Eran un híbrido fabuloso entre melodrama y comedia en el que cabían varias dimensiones del país. Desde los años ochenta —más de un experto ancla esa fecha como el despertar del costumbrismo telenovelesco—, cuando Colombia dejó de imitar la telenovela mexicana, argentina o brasilera y comenzó a desarrollar su propio lenguaje, pudimos subvertir el melodrama tradicional con humor e ironía, burlándonos de nuestras desgracias. Al igual que la nueva ola francesa o el neorrealismo italiano, la telenovela costumbrista fue la gran vanguardia colombiana que rescató la identidad popular y la llevó a la pantalla. Su referencia es la realidad. Allí estaba la disputa por la representación, donde los marginados, poco a poco, fueron encontrando un lugar en la pantalla chica.

Las telenovelas costumbristas fueron reemplazadas por las telenovelas de narcos, personificados por los actores más galanes del país (como si los narcos fueran así). Y luego aparecieron las bionovelas, biografías de personajes extraordinarios de la historia patria. El problema es que en estos reemplazos solo cabe una visión de país: en las bionovelas se exalta la grandeza del héroe, el colombiano extraordinario, que logra sortear las dificultades, y en las narconovelas se exalta la sagacidad del criminal famoso. El narco ya no tiene ñunflas, tiene dinero y poder; desaparece la carencia del pobre y se magnifica el exceso, ya sea de dinero o de virtud.

También se reemplazó la telenovela costumbrista con el stand up, este género de comedia importado que todavía no sabemos hacer bien; nos quedó Juanpis González, un personaje que no entraña ninguna disputa, ninguna tensión de clase: simplemente un hombre rico contando chistes de rico.

Pero volvamos a la ñunfla. La ñunfla y el palillo, y su uso histriónico en la pantalla chica, puede a estas alturas representar la identidad colombiana y latinoamericana. Porque el maíz es, al decir de Pablo Guayasamín, el alimento nuestro, y, agrego yo, el sustrato de la ñunfla. Así que extirpar la ñunfla de nuestro imaginario es como querer borrar lo que somos. Ese pedacito de comida indeseado que cuesta sacar siempre estará allí, como nuestra tragicómica latinoamericanidad, entre los dientes, estorbando y pidiendo salir, develando el corazón campesino de un país plural en las calles ruidosas de nuestras ciudades, en la aduana de un país anglosajón o en la sobremesa de un buen asadero.

 

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