Weildler Guerra
27 Octubre 2022

Weildler Guerra

Las casitas de tablas

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Uno de los eventos académicos más estimulantes de Colombia es la Cátedra Europa que anualmente se desarrolla en la Universidad del Norte, en Barranquilla. La Cátedra busca acercar Europa al Caribe colombiano. Su variada y siempre sorprendente programación comprende conferencias, conciertos y talleres relacionados con la ciencia, las artes, la política y la cultura de un país europeo escogido como invitado. La república de Finlandia, un país nórdico cuya extensión territorial es casi una tercera parte de la de Colombia, fue el invitado central en el presente año.

Aunque muchos pueden preguntarse ¿qué nexos históricos grandes o pequeños tenemos los colombianos con Finlandia? hay eventos de nuestra historia urbana que nos vinculan con ese país. En una charla llamada Casas por café, el profesor Yamal Vargas, director del departamento de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad anfitriona, nos condujo hacia un proyecto concebido y desarrollado por los dos países a mediados del siglo pasado: la construcción en Barranquilla de
unas 1.600 viviendas de madera finlandesa durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla.

A causa de la Segunda Guerra Mundial, Finlandia debió afrontar las necesidades de vivienda de un número creciente de refugiados. La madera es uno de sus principales recursos y se estima que un 76 por ciento de la superficie de dicho
país corresponde a bosques, principalmente de pinos. Los empresarios madereros debieron asociarse y enfrentar ese inmenso reto logístico y humanitario. Mientras tanto, hacia el año 1955 el gobierno del general Rojas Pinilla debía encontrar salidas a la migración de habitantes de los campos colombianos a las ciudades a causa de nuestra incesante violencia. Rojas Pinilla era, además de militar, un visionario ingeniero graduado en una universidad norteamericana. Como el país vivía una bonanza cafetera, Rojas pudo acordar con Finlandia el envío de unas 2.700 viviendas de madera a cambio de café colombiano. El valor total de ese acuerdo alcanzaba 3 millones de pesos de la época. La cuota que pagaron los beneficiarios de dichas viviendas era tan solo de 25 pesos mensuales.

El barrio Simón Bolívar, de la capital del Atlántico, fue el principal fruto de dicho esfuerzo binacional, aunque no el único en Colombia. Si bien es cierto que sus casas han sido sustancialmente modificadas, hoy se le considera parte invaluable de la memoria arquitectónica de Barranquilla. El barrio fue posteriormente un fortín de la Anapo, el partido fundado por el propio general Rojas cuando aspiró a la Presidencia hacia 1970.

Mientras el profesor Vargas desplegaba sus planos e imágenes y nos hablaba de las características de dichas viviendas que, aunque pequeñas tenían aleros y alturas que permitían aprovechar las corrientes de aire del Caribe, yo veía desfilar eventos indelebles de mi infancia. A veces un espectador silente es parte de la historia, aunque el expositor no está obligado a saberlo. Por esos mismos años, el general Rojas Pinilla envió 16 cabañas de madera finlandesa a la Intendencia de La Guajira. Esta era gobernada por el coronel santandereano Jorge Villamizar Flórez.

Las casas eran entregadas con grandes facilidades, pero la mayoría de los ciudadanos de Riohacha se mostraban reticentes a ocuparlas. Comenzaron a descalificarlas, por su tamaño y por su material, llamándolas “cajitas de fósforos”. Mi padre, que era servidor público, fue uno de los primeros en habitarlas con su familia, a riesgo de las criticas locales. Le correspondió la casa número 11, en donde crecí con mis hermanos. Con el tiempo la gente comenzó a aceptarlas. Pasadas unas décadas, las cabañas de madera nórdica fueron silenciosamente reemplazadas por casas convencionales de ladrillos. Su valor patrimonial reside hoy solo en la memoria intima de quienes vivimos en ellas navidades irrecuperables. El nombre oficial del barrio: Villamizar Flórez, fue desterrado hasta de los planos municipales. Pocos recuerdan en mi ciudad a las cabañas de madera finlandesa obtenidas a cambio de café colombiano. Se refieren a ellas
simplemente como “las casitas de tablas”.

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