
Cualquiera que sea el resultado al que nos lleve el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el régimen de Nicolás Maduro, este será preferible para los intereses de Colombia al sórdido statu quo que resulta de seguir perseverando en la ruptura total de las relaciones con el país vecino. Los problemas humanitarios y de seguridad que ha traído la inexistencia de diálogo alguno con Venezuela se han convertido en una grave amenaza para la estabilidad de Colombia, y solo un diálogo razonable y prudente permite avizorar soluciones que tal vez no necesariamente sean las mejores, pero que en todo caso sí serán menos malas que la situación que se padece hoy.
Las voces más recalcitrantes del anterior gobierno han dicho que dialogar con la dictadura de Maduro es inmoral, que es una muestra de debilidad y que resulta inútil hacerlo dada la naturaleza perversa de un régimen que solo espera sacar ventaja de las intenciones de diálogo de Colombia. Sin reconocerle un solo atenuante a la naturaleza de ese régimen, vale la pena recordarles a esas voces tan intransigentes como cándidas que, como lo acuñó alguna vez el profesor Pierre Grosser, la diplomacia se inventó justamente para negociar con el diablo y muchos ejemplos en la historia nos confirman esa realidad.
Tal vez el más actual de esos ejemplos es el caso de la guerra de Ucrania, en la que las potencias occidentales le están inyectando casi 20 billones de dólares al ejército ucraniano, sin que hasta hoy los rusos o los occidentales hayan puesto sobre el tapete la ruptura de sus relaciones diplomáticas. Las naciones con diplomacias de Estado que pesan en el concierto internacional entienden perfectamente que, por muy tensas que sean las relaciones con otros países, se debe ser muy cauto de no romper los posibles canales de diálogo, y mucho menos cuando se trata de países fronterizos con intereses vitales compartidos.
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