
¿Cuál va a ser el futuro inmediato de los precios internacionales del petróleo? Tal es el gran interrogante que plantea la guerra de Irán al día de hoy.
La respuesta a esta pregunta es crucial: de ella depende si nos acercamos a una época de restricciones económicas de gran magnitud, o si se trata de un episodio fugaz que pronto será superado.
En los últimos días, el precio internacional del barril de crudo Brent ha superado los 120 dólares, pero no son pocos los observadores que creen en una llamarada adicional de precios en las próximas semanas que podría llevar a los 150 dólares el barril. O aún más.
La última entrega de la revista The Economist no duda en afirmar que estamos frente a la crisis energética más seria que ha vivido el mundo en décadas. Y que las cosas pueden tornarse inclusive peores antes de que podamos ver signos de moderación en los precios de los hidrocarburos.
Mientras tanto, el señor Trump dice, arrogante, que la guerra de Irán “ha concluido” a su favor, a pesar de que la mayoría de los analistas serios piensan lo contrario: que Estados Unidos no ha conducido esta guerra con tino; que el malestar político con el presidente norteamericano en vez de disminuir está aumentando; que los pronósticos para las elecciones de noviembre indican un paisaje sombrío para los republicanos; y que Irán continúa mostrando una capacidad de resistencia asombrosa.
Mr. Trump, entre tanto, se sigue peleando con todo el mundo y continúa dinamitando las relaciones con los aliados confiables que tenía. Se ha peleado con el canciller alemán porque no le gustó alguna declaración de éste y, como réplica infantil, anuncia que retirará 5.000 soldados estadounidenses que estaban estacionados en Alemania; ha tratado descomedidamente al primer ministro canadiense; con el jefe de Gobierno español no se habla; la primera ministra italiana le ha retirado sus afectos por los disparatados insultos al papa; y con la Unión Europea ha multiplicado sus malos tratos.
En síntesis: Trump no solo está manejando mal la guerra de Irán para la cual ni siquiera se ha tomado el trabajo de buscar la autorización del Congreso como era su obligación, sino que se está quedando solo en la arena internacional y la guerra está lejos de poderse declarar “concluida”, tal como afirma su retórica.
En el campo propiamente técnico, las reservas estratégicas de combustibles están en sus niveles más bajos en décadas; el estrecho de Ormuz continúa cerrado y minado; se estima que la demanda mundial de hidrocarburos está dejando de recibir entre 8 y 10 millones de dólares diarios de crudo; la situación de algunos países asiáticos se está tornando dramática por la restricción de la oferta generada por el cierre de Ormuz; las compañías aéreas han sido las más golpeadas, pues su combustible ha tenido una alza astronómica; algunos países ya han tenido que adoptar medidas directas para moderar la demanda, como jornadas trabajo reducidas y limites perentorios a las ventas de gasolina en los surtidores.
Un panorama que habla más bien de alzas adicionales en los precios, que de disminuciones.
Trump sigue hablando de que reducirá a cenizas a Irán si no abre el estrecho de Ormuz, al paso que los iraníes sostienen que las condiciones de Trump son inaceptables para el país de los ayatolas.
En síntesis: se está viviendo un impasse total en las negociaciones que no podrá conducir sino a una prolongación ascendente de los precios de los hidrocarburos, que ya se han incrementado en cerca del 80 por ciento desde que comenzó la guerra.
Y mientras tanto, ¿cuál es el panorama para Colombia? No es nada halagüeño tampoco. Hemos perdido la ocasión irrepetible de vender cantidades significativas de nuestro crudo en los mercados internacionales a precios de entre 120 y 150 dólares el barril, como consecuencia de la cegatona política de Petro de asfixiar la producción incremental de crudo y de gas natural. Esta última ha caído 15 por ciento en el último año y las perspectivas hacia adelante no son nada promisorias. El anuncio de Canacol de que tendrá que incumplir contratos de suministro le sustrae a la ya menguada proyección de oferta del gas un 17 por ciento. La producción de crudo está también decayendo, lo mismo que las reservas.
Y en el entretanto, por razón de la enorme crisis fiscal en que se debate el país, hemos tenido que reiniciar la senda ascendente en los precios domésticos de la gasolina.
El panorama no es pues nada bueno: ni en lo internacional ni en lo doméstico.
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