¿Diálogos o Estado dialogante?
23 Junio 2022

Juan Camilo Restrepo

¿Diálogos o Estado dialogante?

Álvaro Gómez distinguió alguna vez entre los gobiernos que tenían la virtud de estar abiertos al diálogo, y aquellos cuya actitud se reducía a enfrascarse en conversaciones estériles e interminables. A estos últimos los denominó “estados dialogantes” en los que la dinámica virtud del diálogo se transmuta en una malformación administrativa paralizante.

Esta es una pregunta que quedó flotando en el ambiente, después de escuchar al presidente electo Gustavo Petro el pasado 19 de junio en su discurso de la victoria. ¿Su gobierno tendrá la dinámica propia de las administraciones abiertas al diálogo, o se encerrará en una paralizante actitud dialogante? No se sabe.

Desde luego se trataba de un discurso de triunfo. No se esperaba que fuera a descender en los detalles. Su elección fue rotunda. Su legitimidad queda fuera de toda discusión. Y ha recibido el mandato claro del pueblo colombiano para liderar durante los próximos cuatro años una transformación hacia el cambio con equidad social.

Pero, ¿cómo lo hará? ¿Cuál será su estilo de gobierno? Son preguntas cuyas respuestas quedaron flotando en la ambigüedad en su primer discurso como presidente electo.

Propone en primer lugar un “gran acuerdo nacional”. Lo que está y suena muy bien. El país sale de esta contienda electoral crispado y adolorido y hay que tranquilizarlo por supuesto. “Mi gobierno y el cambio que lideraré, agregó, no será para producir más odios”.

Este noble propósito comienza con la convocatoria a “un gran acuerdo nacional”. Y es ahí donde aparecen los primeros interrogantes: ¿Quiénes serán convocados a tan importante acuerdo? Dijo el presidente electo que serán invitados a participar no solo los 10 millones largos de colombianos que votaron por Rodolfo Hernández sino los 50 millones de compatriotas. Como metáfora de convivencia no excluyente está bien. Pero, ¿cómo se organizará la mecánica del dicho acuerdo nacional? ¿Con qué temario? ¿Con cuál metodología? ¿Con cuál horizonte de tiempo? ¿Cuándo se supone que comienza y cuándo se dará por terminado? ¿Qué se espera que salga de allí?: ¿Declaraciones, proyectos de ley consensuados para llevar al Congreso, o meras fotografías risueñas de los invitados a la mesa del gran acuerdo nacional? 

Lo único que es cierto es que la confección de ese gran “acuerdo nacional” no puede durar indefinidamente. Debe tener fechas de inicio y de conclusión, metodología ordenada y resultados. No hacerlo equivaldría a salir de los virtuosos terrenos del diálogo para los pantanosos terrenos de la condición dialogante. 

Hay un sinnúmero de tareas administrativas urgentes que el nuevo gobierno debe abocar con apremio, y que no pueden quedar atrapadas en un enredado acuerdo nacional, sin orden, sin fechas, y sin tener claro de antemano qué es lo que se espera exactamente que salga de este concilio ecuménico criollo.

En el discurso de la victoria el presidente electo habló también que para promover la cohesión de las comarcas colombianas promoverá “diálogos regionales de carácter vinculante” ¿Carácter vinculante? ¿Qué quiere decir esto? ¿Una especie de consultas a imagen y semejanza de las “consultas previas” que hoy tienen paralizados cerca de 11.000 proyectos de inversión en el país? ¿Cómo y dónde se convocarán esos diálogos regionales de carácter vinculante? ¿Con qué metodología y con cuáles prioridades? ¿Qué quiere decir que sus conclusiones sean de carácter vinculante? ¿Las inversiones que en estas asambleas tumultuarias se decidan tendrán que incorporarse obligatoriamente en el presupuesto nacional haya o no plata para ejecutarlas? Nada de esto quedó en claro en el jubiloso discurso del 19 de junio.


El afán del nuevo presidente para tranquilizar al país con un gran “acuerdo nacional” y para integrar de mejor manera sus dispersas comarcas convocando “diálogos regionales vinculantes” son propósitos plausibles. 

Queda por clarificar, sin embargo, si la dinámica del gobierno que comienza estará enmarcada por un espíritu de diálogo virtuoso o por una parálisis dialogante.
 

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